Alberto Quevedo

(Tiempo estimado: 14 - 28 minutos)

Sociólogo - UBA, École des Hautes Études en Sciences Sociales. Director de FLACSO

“Los tres principios de la revolución francesa, libertad, igualdad y fraternidad, están en crisis. El principio de igualdad está en crisis en todo el planeta. En las sociedades contemporáneas parece haber una preferencia por la desigualdad y los ciudadanos se inclinan a sentirse más cómodos cuando se vuelven a naturalizar las diferencias sociales, cuando una construcción social se vuelve paisaje. Estamos viviendo en una época que construye una cultura donde la desigualdad no es algo contra lo que hay que luchar, sino que es el resultado natural de los destinos que cada individuo se ha sabido forjar en la vida.”

Alberto Quevedo es sociólogo y Master en Sociología de la École des Hautes Études en Sciences Sociales de la Universidad de París. Es Director de la FLACSO Argentina e investigador del Área Comunicación y Cultura de esa institución. Allí dirige varios cursos de posgrado en Gestión y Política en Cultura y Comunicación. Es profesor titular de la materia Sociología Política en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Fue Director de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA y es uno de los integrantes del campo nacional y popular que más sabe sobre comunicación y política en la Argentina.
La entrevista de FIDE con el “Beto” Quevedo sucedió justo después del triunfo de la alianza Cambiemos en las elecciones de medio término. En este contexto, Quevedo nos ayuda a entender la “nueva” (y también la vieja) cultura política en la Argentina.

FIDE: ¿Cuál es tu opinión respecto a lo que podría ser interpretado —luego de los resultados de las PASO y las elecciones de medio término por parte de Cambiemos— como el “éxito” discursivo del macrismo? Dicho de otro modo, ¿cómo es posible que ciertos conceptos, e incluso acuerdos sociales, que parecían sólidos luego de los tres períodos de gobierno kirchnerista se hayan erosionado tan rápidamente?

Alberto Quevedo: La cultura política bien puede ser definida como un campo de batalla de relatos, como un campo de disputas de relatos. Estos relatos son, además, profundamente inestables, van, vienen, tienen éxito por ciertos momentos y en otros momentos tienen una fortaleza que parece explicar cualquier coyuntura y luego una debilidad que parece poner en riesgo todo lo ganado. La cultura política es una variable que permite entender los climas de una época. Hoy vivimos un cambio de época, un cambio de tipo económico y de tipo político, pero también vivimos un cambio en el clima cultural en el cual estamos inmersos en la región, y en la Argentina en particular. Es decir que en este campo del mundo simbólico las batallas se ganan, se pierden, se avanza y se retrocede.
En el año 2011, cuando Cristina Kirchner ganó las elecciones con el 54%, una inteligente analista de la cultura argentina como Beatriz Sarlo escribió un artículo muy interesante explicando el triunfo de Cristina en que el kirchnerismo había ganado la batalla cultural. El tema interesante es que se pueden ganar batallas en el campo de la cultura, la guerra no: la guerra es otra cosa. Se ganan algunas batallas y esas batallas son siempre éxitos momentáneos y efímeros. El retroceso que hoy se percibe en una serie de valores que creíamos instalados, que tuvieron que ver con los derechos sociales, los derechos humanos, principios de equidad, valores de la inclusión, no sucedió “naturalmente”, sino porque hay otra oleada tan cultural como las anteriores que construye otros ecosistemas culturales y que habilita otros discursos.

FIDE: ¿Qué rol, qué sentido tienen estos discursos? ¿Cómo se construyen? ¿Sobre qué sistema de ideas se apoyan estos discursos para ser efectivos, para convencer, para ganar elecciones y legitimar una agenda de gobierno?

AQ: En la política el gran tema es cómo contar historias. Grecia fue una gran contadora de historias y nos dio elementos que hasta el día de hoy utilizamos. La Revolución Francesa fue una gran historia que articuló el fin del siglo XVIII, el XIX y el XX. Estas historias tienen distintos efectos, uno de esos efectos es naturalizar el mundo. El otro efecto importante es volverlo inteligible, o sea, las historias articulan el mundo y lo vuelven comprensible, nos ayudan a entenderlo.

En la modernidad del siglo XX en América Latina también ha habido grandes contadores de historias. Es decir, momentos en los cuales se logra articular la vida de un país en una historia. Perón fue un gran contador de historias en el espacio público, en el balcón y la tribuna. Creo que el más grande contador de historias del siglo XX fue Fidel Castro. En esos famosos discursos larguísimos que se extendían por largas horas Fidel se paraba frente al pueblo cubano y les decía lo que era “el mundo”, se paraba en la Plaza de la Revolución y contaba cómo era la política global, América Latina y el lugar de Cuba en ese mundo. Pero además lo volvía inteligible, lo naturalizaba y les daba a los cubanos una explicación sobre el lugar que ocupaba esa isla en ese territorio que les era desconocido: la política mundial.
Ahora bien, estas historias tienen distintos condimentos y distintos orígenes. En mi opinión, una historia exitosa es aquélla que construye una realidad, que vuelve inteligible el mundo, que lo naturaliza, pero que además luego se vuelve invisible. No aparece nunca el artificio de que se trata de una historia, solo eso, una versión del mundo. Su éxito está en ese juego de aparición y ocultamiento, en inventar algo y luego volverse invisible.
Recuerdo algunos pasajes de una serie (Downton Abbey) que comienza en 1912 con el hundimiento del Titanic. Retrata una sociedad que vivía en esos castillos nobles en Inglaterra, narra la existencia de las clases sociales, las diferencias sociales tan marcadas, las inequidades que hoy nos resultan insoportables. También se presenta la autoridad, el mando, la existencia de jerarquías y, sin embargo, todo eso es invisible a los ojos de los que lo viven, es un producto puramente cultural. Todos naturalizan la desigualdad, el mando, los recorridos de vida posible que tiene cada uno de ellos. Mirado a la distancia —en este caso, desde el sillón en un país periférico en el siglo XXI— pensaríamos que aquélla era una época donde las diferencias entre clases sociales eran más marcadas y nos sorprendemos un poco. Sin embargo, en mi opinión, hoy vivimos en el mismo clima, naturalizamos otras cosas de manera distinta, les ponemos otros nombres, pero creo que una de las claves es entender cómo se están contando las historias de hoy y cómo la política las cuenta. Y, sobre todo, entender por qué hoy no nos escandalizan estas diferencias y las inequidades con las que convivimos.
El Papa Francisco es otro gran contador de historias. El Papa ha tenido una gran capacidad de sacar a la Iglesia de esa caracterización que estaba tan arraigada, la Iglesia de los ricos, banqueros y curas pedófilos, y reemplazar a esa Iglesia por otra que tiene compromiso con los pobres, con los jóvenes y que está preocupada por el medio ambiente. Francisco ha hecho un giro que es puramente cultural, porque si nos tomamos el trabajo de mirar los números de la banca del Vaticano probablemente no haya producido tantos cambios, tampoco se desplegó una política de fondo respecto a los curas pedófilos, no condenó a pedófilos argentinos y sigue protegiendo a algunos, pero produjo un cambio de época en materia cultural porque salió al mundo a contar historias que entusiasman a los fieles del catolicismo que estaban desamparados de relato. Al mismo tiempo que habla de algunas cosas, Francisco opaca otras zonas no tan santas del Vaticano, pero este artificio se vuelve invisible cuando renace el entusiasmo católico.
En el mismo sentido, pero aquí, en el Cono Sur, el Pepe Mujica también ha sido un contador exitoso de historias. Uno podría incluso aventurar que desde el punto de vista de la gestión los cinco años de gobierno del Pepe fueron relativamente pobres: su gestión dejó mucho que desear incluso para los seguidores del Frente Amplio en Uruguay. Pero desde el punto de vista político, desde el punto de vista simbólico, sus relatos fueron arrasadores. A esto los norteamericanos lo llaman storytelling: saber contar una historia. Y esta historia tiene que estar atada también a alguna historia personal, es decir, al storyliving. Mujica no solo tenía ese discurso maravilloso, el discurso de la defensa del medio ambiente, el discurso del “buen vivir” que fue muy exitoso y que forma parte de la constitución en Bolivia y en Ecuador. Ese discurso del buen vivir ata la vida de los hombres a otros valores y a temas como el no consumismo, el cuidado del medio ambiente, y Mujica además, dio testimonio de eso. Mirando las cosas desde esta perspectiva, la decisión de quedarse en su casa, en su rancho, de seguir cultivando flores y no abandonar ni su moto ni su viejo auto, son ejemplos excelentes de cómo se narra una historia de vida, del storyliving: propongo valores y me comprometo con ellos en mi vida personal. El gesto del Papa pagando el hotel y rechazando el uso de los zapatos que son propios de esa Iglesia pomposa van en el mismo sentido: vengo a traer una novedad narrativa pero además doy testimonio de vida.
Estas historias que se cuentan y construyen un momento de nuestras sociedades, también tienen distintos géneros. El género épico ha sido un género clásico para contar historias de la política. Todos los partidos de la izquierda tienen un género épico en su centro. Siempre hay mártires, siempre hay sacrificios, siempre hay momentos de luchas tremendas y también hay pequeños triunfos. Y también está la promesa del gran triunfo: un día vamos a tomar Troya, la Bastilla o el Palacio de Inverno. Hay discursos que para mí también fueron parte del siglo XX, que son los de los partidos políticos: el relato sobre el partido político fue un gran invento de los últimos 100 años, o algo más…
La historia de los partidos políticos como discurso, como narrativa, se forja a imagen y semejanza de las que fueron las narrativas de los Estado-nación del siglo XVIII, XIX. O sea, narrativas donde siempre hay una historia de un origen, donde hay superhombres, donde hay héroes en este otro sentido, héroes civiles, donde hay batallas ganadas y donde hay fechas de efemérides, donde hay banderas, himnos, escudos y mártires. Un gran suicidio emblemático vinculado a un drama histórico de la economía o la política forjó también la épica de los partidos. El radicalismo y el socialismo fueron en la Argentina ejemplos de esto, al igual que en el resto de América Latina.

FIDE: Sin embargo, en las últimas décadas, tanto aquí en la Argentina como en la región y en el resto del mundo se evidencia un cierto desgaste, una pérdida de eficacia del discurso político tradicional. Se nota un desgaste importante de los partidos políticos, de la clase política, de su poder de representación. En esta lógica se inscribe o se produce y se publicita la serie de investigaciones sobre eventuales casos de corrupción en la región y su utilización mediática y como herramienta para desprestigiar a la “política” y a “los políticos”.

AQ: Estas narrativas del Estado-nación, de los partidos, de la izquierda, hoy están en crisis. Lo que en está en crisis es cómo entendemos, cómo volvemos entendible el mundo. En este contexto es importante preguntarnos cuáles son las narrativas de hoy. En mi opinión, hay dos estilos narrativos que son muy exitosos: el pop y el melodrama. Para entender el caso latinoamericano me parece más apropiado el formato “melodrama”.
El melodrama, simplificando los argumentos, supone contar una historia donde los pobres conviven con los ricos y pueden llegar a ser ricos. Los mecanismos para que los pobres lleguen a ricos son bastante conocidos: casándose con el señor de la casa, o por ascenso social basado en el esfuerzo o por reconocimiento a una historia personal de superación. Hay un teórico del melodrama, mi amigo Omar Rincón, que dice: “El melodrama se puede resumir así: mujer pura y honesta encausa a hombre confundido”.
Lo interesante en este tipo de relatos es que desde el principio sabemos cuál es la pareja que se va a formar y, sin embargo, lo que nos interesa es todo el trayecto de la novela, del melodrama: se trata de contar la vida de este hombre que está confundido, que se enamora de las mujeres equivocadas, que es seducido, que lo engañan y que sobre todo no sabe qué hacer. Entonces va de un lado para otro hasta que finalmente triunfa el amor y la mujer indicada —la que nosotros reconocimos durante los primeros minutos del primer capítulo como la heroína, inteligente, trabajadora y honesta y que es portadora de un amor sincero— lo conquista. Así, después de 134 capítulos llegamos adonde había que llegar: el hombre confundido está con la mujer correcta en el lugar correcto.
Si esto funciona así en las narraciones que son tan populares en América Latina, entonces también podemos pensar en una historia según la cual un hombre puro y honesto encausa a una sociedad confundida. Y este hombre puro le perdona muchas cosas a esa sociedad confundida (como la muchacha perdonaba al señor confundido que a veces besaba a la mujer equivocada).
Porque lo lindo de la telenovela es que la chica le perdona todo al hombre confundido: estuvo con las mujeres equivocadas, se dejó seducir, equivocó el camino. Hoy vivimos enredados e historias, en relatos, donde aparece cierto paralelismo con esto. Por ejemplo: “Ustedes fueron peronistas, es un momento de la historia. Nosotros le hacemos homenajes a Perón, pero se trata en realidad de un mal momento de la historia argentina. También se dejaron seducir por el radicalismo creyendo que nos sacaría de la crisis económica que era también moral. Y fracasó. Ahora tenemos que encausarlos por el camino correcto: sacarlos de todo aquello que solo nos ha llevado a la debacle, pero con la humildad de quien sabe entender y perdonar”. Eso le dice la chica también al muchacho, toda tu historia hasta el presente ha sido solo tu parte de infelicidad; ahora empieza tu historia de felicidad y yo te llevo por el buen camino.
El melodrama tiene en su estructura muchas de las claves de los discursos políticos de hoy, que son mucho menos importantes en sus narrativas que aquellos discursos de Estado-nación o de los partidos políticos o de las épicas de los grandes hombres que fundaron los partidos. En el melodrama es muy importante el tema de la esperanza. José Natanson dijo que en realidad quien había ganado las elecciones de medio término había sido un partido político que es “el partido del odio al kirchnerismo”. En mi opinión es importante entender el rol del odio en la política actual, no es cualquier cosa y forma parte de este contexto político ideológico. Aunque no es lo único ni mucho menos, pero está presente como una estrategia global.
Las elecciones en Perú en el 2006 nos traen un caso interesante. El resultado del ballotage estaba íntimamente relacionado con cómo se forjó el odio a Ollanta Humala. Había un clima de época en Perú que tenía que ver con el odio y con las vías para expulsar a Ollanta Humala de la política peruana. En ese contexto, Alan García fue una especie de catalizador de un momento político de la historia. Hay muchos otros ejemplos que podríamos mencionar: el odio a Lula y a Dilma en Brasil, una construcción que también está muy relacionada con la acción de los medios (que actúan de manera regional y global) y el despliegue de estas “estrategias del odio” que funcionan de manera diferente en cada país pero que se repiten como metodología. Sin embargo, ésta no puede ser la única explicación para entender lo que está pasando. Las partes positivas del relato (del melodrama) son más interesantes. La esperanza: al mismo tiempo que una sociedad rechaza algo con fuerza, necesita construir una historia positiva y virtuosa respecto a su futuro, hacia dónde camina, y allí es muy importante la fuerza de una promesa esperanzadora.
El otro elemento que está presente en América Latina y en muchos lugares del mundo es el tema de la corrupción. No hay un ex presidente o ex presidenta en América Latina que no esté acusado de corrupción. Incluso con algunos casos increíbles como el procesamiento del presidente Lula da Silva en Brasil: lo procesan por no haber sido suficientemente fuerte para detener la corrupción y no porque hayan encontrado pruebas sobre su participación en estos hechos, sino simplemente porque no actuó con la suficiente energía frente a la corrupción y esto lo vuelve cómplice.
La corrupción no es cualquier cosa, porque la corrupción es un discurso que está en la política exterior norteamericana. Los Estados Unidos supieron instalar el enemigo en varias oportunidades de la historia: desde la derrota al gran enemigo del siglo XX que fue el nazismo, apareció con mucha fuerza el nuevo enemigo que era el comunismo, y luego de la caída del Muro de Berlín aparece el terrorismo o el narcotráfico (a los que se los asocia con mucha frecuencia). Este es el discurso que impulsa la embajada de los EE.UU. y, si miramos con atención a muchos políticos locales, veremos que siguen el libreto al pie de la letra. Sin embargo, ese relato sobre el terrorismo o el narcotráfico no cuajan en todos los lugares de América Latina y tampoco en todos los momentos. En cambio, la corrupción sí encaja. Hay muchos discursos políticos ordenados a partir de este tema: el desprestigio de toda la clase política por sus vínculos con la corrupción.
Se trata, además, de un discurso que tiene algunas características que se alinean bastante con algunos de los procesos políticos que vivimos en la región. Uno es un discurso antipolítico a secas: los políticos son corruptos, entonces venir de afuera de la política es una virtud de un dirigente y además venir de éxitos que tienen que ver con el mundo empresarial es también una virtud: no tener experiencia en la gestión del Estado se transforma en una virtud. Es decir, rechazar la política cuando se hace política es presentado como una virtud.
Este no es un tema exclusivo de la Argentina. Trump representa un caso emblemático, que articuló un discurso profundamente antipolítico, anti-Washington. Sus enemigos eran todos los medios de comunicación, todos los políticos y Washington como el centro del poder político. En América Latina hay muchos políticos que justamente hacen su virtud de no venir de la política, de ser empresarios exitosos. Piñera en Chile, en Ecuador ganó Lenin Moreno, pero el que perdió se llamaba Guillermo Lasso y perdió en un ballotage muy ajustado. Lasso es empresario y banquero. No venir de la política no es un disvalor, es al revés, es una de las cosas que garantiza que no van a ser corruptos como “los políticos”. En este sentido, la acusación al gobierno de Macri porque se trata de un gobierno de ricos y de CEOs no parece ser la estrategia más acertada.

FIDE: Esta descalificación de la política, sin embargo, para ser efectiva tiene que tener un norte. Dicho de otro modo, el relato tiene que lograr aportar elementos positivos con los cuales la gente se identifique a pesar de que en el día a día su situación no mejora…

AQ: Es muy importante reflexionar sobre el tema de los aspectos positivos. En América latina los relatos positivos están relacionados con la esperanza: “aún cuando hoy nos vaya mal por ese extravío que tuvimos durante un tiempo (producto del pasado… de nuestra aceptación del populismo o del peronismo a secas), lo virtuoso está en el futuro, no en este presente indefendible”.
Esto representa un cambio: pasar de las utopías revolucionarias de la modernidad a las ucronías del siglo XXI. En este contexto lo bueno no está en otro lugar, sino en aquellas cosas que van a pasar en otro tiempo. Las cosas hay que esperarlas porque van a pasar en el futuro. Así nace otro tipo de esperanza en la política, y la operación consiste en esta transferencia a otro tiempo: si el relato político logra éxito en ese punto, logra un poder muy importante para dar una matriz interpretativa a la sociedad de eso que nos pasa.
En el caso argentino, los discursos que hemos escuchado en los dos últimos años están centrados en la idea de que se están “corrigiendo los errores heredados”. Nos aproximábamos al precipicio y hemos logrado detenernos. Ahora, ¿cuándo viene lo virtuoso? En el futuro. En este sentido es muy interesante ver cómo el Gobierno corrigió rápidamente el discurso. El Gobierno ha dejado de poner plazos exactos (como fue el famoso “segundo semestre del 2016”). No hay tiempos establecidos, calendarios, no se está diciendo que en abril de 2018 esto cambia totalmente. Se dice que, en el futuro, algo bueno va a suceder.
Ahora, entre esas solidaridades discursivas está el hecho de que un relato exitoso no sólo le pide al ciudadano que sepa esperar, sino que además promete felicidad, pero le da a esa felicidad algunos condimentos que son importantes y que ponen de manifiesto un cambio de clima cultural y de época. Uno de ellos es que el éxito es personal. Vivimos una ruptura de lo que fueron los valores que hicieron a la modernidad en cuanto a derechos universales, al lazo social y al valor de la solidaridad, que estaban relacionados con que el destino del otro tiene que ver con mi destino. En realidad, creo que esa es una ruptura cultural importante en la Argentina y en otros países. Sin embargo, insisto en que se trata de oleadas, que van y vienen. De hecho, teníamos la idea de que ya no íbamos a poder recuperar nunca la esperanza en un país con más derechos, más libertad, y contrariamente a lo que esperábamos, en un momento estos valores pudieron ser recuperados y la sociedad aceptó ese discurso.
Por esta dinámica, la democracia de hoy está asentada en lo que yo llamaría una democracia emocional, no racional, ningún ciudadano va a cambiar su voto por un gráfico, por datos duros expuestos inteligentemente por algún político o ministro de Desarrollo Social. Podemos poner como ejemplo el caso de Elisa Carrió. Un personaje antipolítico, muy agresivo en la TV y que tiene una segunda cara que abraza a los jubilados y a las personas en la calle. Presenta dos facetas: le grita a los corruptos, le grita a Gils Carbó que la va a meter presa y después llora y abraza gente mostrando la otra cara de sus emociones. Carrió es un producto de la política posdemocrática asentada en la posverdad. Ese doble juego caracteriza a la democracia que es al mismo tiempo emocional y esperanzadora: con esperanzas en el tiempo futuro. Y es una democracia que también tiene el componente melodramático. Los festejos una vez conocidos los resultados de las elecciones de medio término en nuestro país son un buen ejemplo del melodrama, de la política de los abrazos y las emociones, al tiempo que se celebra la esperanza postergada en el tiempo y se promete la derrota definitiva de los corruptos. Todo este lenguaje político se produce en clave del pop: baile, globos, música fuerte y luces de colores. En resumen, hay que entender que estos discursos han logrado cambiar algo de la comunicación política de hoy.

FIDE: En este estado de cosas, ¿cuáles son los elementos que una fuerza nacional y popular debería rescatar? Dicho de otro modo, ¿cómo se construye una fuerza progresista en un escenario como el que se acaba de describir?

AQ: En la “nueva” comunicación política hay unos cuantos elementos para rescatar. En este sentido me parece importante volver a esa idea tan bien expresada por François Dubet, que es un sociólogo que estudia cómo se naturalizan las desigualdades. Dubet dice que en realidad vivimos en un momento (muchos lo han denominado como posdemocracia) de crisis de la democracia de masas (que es un invento reciente, tendrá 150 años y mucho menos en la Argentina). Hay algo que está hoy en crisis, que es esta idea que se naturalizó en un momento de que la democracia para los desposeídos, las clases subalternas, para los que tienen solo necesidades básicas insatisfechas, supone democratizar los bienes que se producen en una sociedad, frente al interés de los poderosos que leen la democracia como aquel sistema que garantiza la propiedad privada y le da respaldo a lo que es su acción en el mercado. Una especie de “o protegemos el demos de la parte de la democracia, que es las necesidades de las mayorías, o protegemos la república y los derechos y protegemos la propiedad privada de los ricos”. En ese juego entre defensa de la propiedad y los principios de igualdad, Dubet dice que está toda la tradición de la Revolución Francesa.
Los tres principios de la revolución francesa, libertad, igualdad y fraternidad, están en crisis. El principio de igualdad está en crisis en todo el planeta. En las sociedades contemporáneas parece haber una preferencia por la desigualdad y los ciudadanos se inclinan a sentirse más cómodos cuando se vuelven a naturalizar las diferencias sociales, cuando una construcción social se vuelve paisaje. Estamos viviendo en una época que construye una cultura donde la desigualdad no es algo contra lo que hay que luchar, sino que es el resultado natural de los destinos que cada individuo se ha sabido forjar en la vida. Es una época que celebra la desigualdad porque es el resultado de los destinos individuales, de lo que me pasó a mí en la vida. Que el ciudadano tiene que ser protegido por la sociedad es una idea que está en crisis. Es más bien que el ciudadano tiene un destino que se lo forja él. Si le fue mal en ese juego es porque cometió errores: es el ciudadano que no supo ahorrar, por ejemplo, que no tuvo la previsión para destinar una parte de sus ingresos para el momento de la jubilación. Este es un discurso bastante extendido. Hoy en nuestros países, especialmente en la Argentina, está mezclado con otros discursos (muy utilizados por los gobiernos populares de la región, y en la Argentina por el kirchnerismo), que son los de la justicia social, la inclusión, la patria es el otro, etc. Me parece que eso está en crisis.
Voy a usar unas palabras que me gustan del artista plástico Daniel Santoro: “El problema es el goce de los negros”. Es provocadora, linda para pensar. Este problema es histórico en la Argentina, de todo el siglo XX; eso fue Evita. El fin de semana pasado estuve con algunos directores de FLACSO en Buenos Aires y los llevé al Museo Evita. Comentamos entonces a qué se dedicó ese edificio en su origen: Evita instaló allí a un grupo de madres solteras del interior. Y las puso ahí en ese barrio, que no era muy distinto de lo que es ahora. Era el Barrio Norte, el barrio de los ricos. Evita trae a esas chicas y les propone disfrutar ahí, en el barrio de los ricos, en el mejor lugar de la ciudad. Eso es lo insoportable: no las políticas públicas de contención de la pobreza, sino que los “negros” vengan a pasarla bien justo aquí. Todos sabemos que en la Argentina “los negros” es una categoría compleja: son los cabecitas negras, son los pobres, pero son también los peronistas. “Hacer cosas de negros” es un dicho en la Argentina…  “Negro” no es un tema de color de piel,  tiene que ver con una conducta social, con una ideología, es un tema de prácticas culturales.
Este odio está articulado en la Argentina a lo largo de todo el siglo XX: son oleadas también; por momentos ese discurso se apaga, en otras, resurge. Hoy vivimos en un tipo de democracia que exalta el individualismo, las virtudes personales y la autoestima, que se da de la mano muy bien con toda la cultura de la autoayuda. La autoayuda es eso: vos podés ser una mejor persona, pero depende de vos. Además, hay historias todo el tiempo de quiénes fueron los exitosos. Es lo que le gusta contar a los diarios de mayor circulación, en sus revistas dominicales: el chico pobre que terminó en la NASA siendo ingeniero y que ascendió por su esfuerzo. Eso en contraposición de aquéllos que viven del Estado, de los holgazanes, de los “choriplaneros”, de los negros, de los que no hacen nada y reciben ayuda. Esto es un espíritu de esta época y no se aplica únicamente al caso argentino.
El discurso actual de Cambiemos habilitó una cantidad de relatos que creíamos extinguidos en el país, como discursos de xenofobia, de racismo, del extranjero como una amenaza. Esto no es un tema argentino, sino de toda Europa, América Latina, Estados Unidos. Uno podría decir que el extranjero como amenaza es el fantasma que recorre el mundo en el siglo XXI. No es un tema nuevo, pero ha resurgido con fuerza: ese otro que viene de afuera a quedarse con lo mío hoy está exaltado en muchas sociedades. Y me parece que ese extranjero no es sólo el peruano que viene a robar, ese relato primitivo, el “negro” es el extranjero (negro en el sentido amplio).
Sin embargo, para entender el resultado de las elecciones presidenciales del 2015 y las de medio término este año en la Argentina y el giro discursivo y político que estos triunfos suponen no alcanza con identificar los errores (y sin dudas hay una lista de errores que podrían discutirse y sería interesante dar ese debate). Para entender lo que pasó en la Argentina hay que levantar un poco la cabeza y mirar que hay cosas de la cultura política que están cambiando. Hay elementos en los que nosotros persistimos, insistimos, pero la sociedad ha conectado, en esta etapa al menos, con otros elementos de la cultura política. Solo comprendiendo este “giro cultural”, este cambio en las expectativas y valores de la sociedad se puede construir otro paradigma discursivo, político y también cultural.

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