Informe del mes de JUnio de 2017

Sumario

La crisis del Brasil viene a complicar un panorama macroeconómico para la Argentina que ya lucía poco saludable. De acuerdo con los últimos datos oficiales, la actividad económica parece haber tocado un piso pero le cuesta arrancar (tuvo una variación virtualmente nula en el primer trimestre), el comercio exterior sufrió un creciente deterioro (el superávit del año pasado se transformó en un sensible déficit), el desequilibrio fiscal global aumentó en términos reales (fundamentalmente por el fuerte incremento de los intereses de la deuda), el ritmo de la inflación continúa divergiendo de la meta oficial del 17% (acumuló hasta mayo una variación del orden del 11%) y los indicadores del mercado de trabajo reflejan un virtual estancamiento en los niveles de empleo, sin que se haya podido recuperar todavía la pérdida del primer semestre del año pasado.

 

El Gobierno aspira a avanzar en el segundo semestre del año hacia una relativa recomposición de esos indicadores. En sus cálculos la desaceleración de la inflación se combinará con la maduración de los acuerdos salariales, en el entorno del 20%, para habilitar una mejora en el consumo. Se trata de la única variable que puede dinamizar en el corto plazo la demanda, dado la persistencia de un contexto de caída en la inversión privada y de las exportaciones (su volumen se redujo el 3,9% en el primer cuatrimestre). Sin embargo, la inercia de los primeros cinco meses del año no garantiza esa secuencia virtuosa, particularmente porque, debido a la dinámica entre precios y salarios, no se avizora una mejora en la capacidad de compra de los ingresos del trabajo porque persiste el temor a perder el empleo y porque los incentivos financieros invitan a postergar consumos presentes.

Mientras tanto, sí se ha materializado una intensi-ficación del proceso de dolarización de activos, que ya en el primer cuatrimestre había alcanzado un récord histórico (superando en valores brutos a la fuga de divisas vivida en la crisis de las subprime). El efecto que genera la fuerte incertidumbre acerca del devenir del Brasil (economía que previsiblemente continuará sumergida en la peor recesión de su historia) no colabora con los planes de recuperación que plantea el Gobierno y tampoco juega a favor en la dinámica monetaria-cambiaria. En este contexto, se evidencia una reavivación de las expectativas devaluatorias (el mercado proyecta una devaluación implícita del 21% para fin de año), lo que tampoco resulta neutro para el proceso de formación de precios.

 

En el corto plazo, esta renovada volatilidad contribuyó al objetivo del Gobierno de sostener el tipo de cambio por encima de los 16 pesos. Sin embargo, no puede ignorarse que ese “sostén” del mercado se encuentra esencialmente apoyado en el mencionado proceso de fuga de capitales, que evoluciona a un ritmo superior al ingreso de dólares financieros. Su contracara ha sido una caída en las reservas internacionales, que a fines de mayo se ubicaron en el nivel más bajo de los últimos meses.

La elevada masa de liquidez colocada en los instru-mentos remunerados a tasas muy altas por el BCRA constituye uno de las principales frentes de preocupación. Hacia la tercera semana de junio la autoridad monetaria deberá enfrentar vencimientos que equivalen al 70% del total de reservas inter-nacionales. Será un test importante, en el cual el BCRA tendrá menores márgenes de maniobra para bajar las tasas de interés.

 

Sin ignorar los impactos negativos que sobre la debilitada industria local –que sufrió otra caída del 2,3% en abril– provocará la previsible retracción de la demanda interna del Brasil, en lo inmediato el frente más riesgoso para la Argentina se presenta en el canal del crédito externo. La elevada subordinación al ingreso de dólares financieros coloca al Gobierno en una encerrona característica de la opción de política que ha elegido: apertura plena de la cuenta capital, fuerte endeudamiento sin contrapartida y fuga de capitales. El combo restableció condiciones de vulnerabilidad externa con una creciente capa-cidad de generar consecuencias disruptivas sobre la economía real.

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