Informe del mes de Julio de 2017

(Tiempo estimado: 2 - 4 minutos)

Sumario

En los últimos meses se asiste a un ensombrecimiento del panorama externo de la economía argentina. El planteo oficial de que “sobran dólares” choca crecientemente con la evidencia de que se están agudizando las fuentes estructurales de la restricción externa. Empeoró el déficit del comercio exterior, el acelerado aumento del endeudamiento externo ya está generando mayores requerimientos de divisas en concepto de intereses, el desequilibrio de servicios asciende a máximos históricos y la fuga de capitales también bate todos los récords. Esta dinámica, que no muestra signos de reversión, despierta crecientes dudas acerca de la disponibilidad del financiamiento externo necesario para cubrir esa brecha.

La decisión de MSCI (Morgan Stanley Capital International) de postergar la recategorización del mercado argentino como “emergente” sumó un ingrediente de imprevisibilidad. En este escenario, la colocación impulsada por el Gobierno de un título a 100 años por 2.750 millones de dólares y con un rendimiento del 7,9%, lejos de reflejar la pretendida “credibilidad” de los mercados respecto a la Argentina, constituye un signo de debilidad. Pone de manifiesto, por un lado, la inconsistencia de la dinámica asumida por el endeudamiento externo y, por otro, las urgencias del Gobierno por recomponer reservas internacionales después de dos meses donde ambos cuentas del balance de pagos –corriente y de capital– venían exhibiendo signo negativo.

Se advierte, en consecuencia, que las presiones cambiarias que se esperaban para las semanas previas a la elección de octubre, se han anticipado. El dólar aumentó entre mayo y junio un 6,9%, y esta tendencia alcista parece haber llegado para quedarse. El ritmo de devaluación dependerá fundamentalmente de lo que ocurra con el proceso de dolarización de activos por parte de los residentes. Dado los elevados stocks de liquidez que el sector privado mantiene en títulos remunerados del BCRA (equivalen al 120% de las reservas internacionales), los espacios de la autoridad monetaria para reducir la tasa de interés se han achicado de manera significativa.

El Gobierno no debería minimizar los impactos que una tendencia alcista del dólar puede generar sobre el ritmo de la inflación, que se ha venido desacelerando desde abril último. Las proyecciones del mercado mantienen una tasa anual en rangos del 22%, variación consistente con un escenario donde no se registran nuevos ajustes tarifarios y no se producen fuertes deslizamientos en el tipo de cambio. Es previsible que, por lo menos en el período preelectoral, la conducción económica intente mantener bajo control ambas variables.

La desaceleración de la inflación no se refleja todavía en una mejora en el salario real, que acumulaba hasta abril una caída del 5,3% en relación a sus niveles de fines de 2015. Tal circunstancia se combina con un magro desempeño del empleo y provoca un achicamiento en la masa salarial, que constituye el principal ancla a la recuperación del consumo interno. En lo que respecta a los otros componentes de la demanda agregada, la inversión mejoró un 3% traccionada por el incremento de la obra pública, mientras que las exportaciones continuaron contribuyendo negativamente al crecimiento económico.

Dada la situación de debilidad que caracteriza a la demanda interna, no cabe sorprenderse frente al escaso dinamismo del PIB. La economía salió de la recesión, pero se mueve muy lentamente y con enorme heterogeneidad a nivel sectorial. En el primer cuatrimestre del año la actividad económica creció apenas el 0,4%, comportamiento que la aleja de manera creciente de la meta anual proyectada por el Ejecutivo, del 3,5%. Si el Gobierno no se plantea una estrategia deliberada para reimpulsar el crecimiento, la inercia actual conduce a una expansión virtualmente vegetativa, en torno al 1,5% - 2%.

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