Informe del mes de Mayo de 2018

(Tiempo estimado: 2 - 4 minutos)

Sumario

En la última semana de abril se verificó una importante presión de demanda en el mercado de cambios que obligó al BCRA a sacrificar 4.344 millones de dólares de reservas (desde inicios de marzo sus intervenciones consumieron 6.780 millones), llevando su stock a 56.600 millones de dólares, que lo retrotrae a niveles similares a antes de la colocación de deuda por 9.000 millones en enero pasado. En paralelo, la autoridad monetaria determinó de manera anticipada un alza de 300 puntos básicos en su tasa de referencia. Así, el mes de mayo se inicia con un tipo de cambio y una tasa de interés en un escalón más alto.  Estas tensiones anticipan el marco de volatilidad que predominará a lo largo del año, y son inherentes a la lógica de valorización financiera que domina el funcionamiento de la economía argentina desde finales de 2015. La decisión de desregular plenamente la cuenta capital (en un contexto de ampliación del desequilibrio externo, que superaría este año el 5% este año) y permanentes pulsiones dolarizadoras de los “inversores” locales redujeron sensiblemente los espacios del BCRA para garantizar una estabilidad sostenible en el tiempo.



Esta vez el disparador de la suba del dólar fue la decisión de fondos extranjeros de desarmar carteras en pesos, fenómeno que se enmarca en un proceso de “huida hacia la calidad” verificado en otros países emergentes. Sin embargo, estos movimientos tan abruptos no pueden disociarse de las señales de desconfianza que surgen en el mercado en relación a la sostenibilidad del esquema presente en la Argentina. En palabras del propio FMI: existe “preocupación por el deterioro del desequilibrio externo y la excesiva dependencia del ahorro externo”.

El cimbronazo que produjo la conducta de estos fondos alerta acerca de las consecuencias que generaría un corrimiento hacia el dólar de los inversores domésticos. Cabe advertir que, si bien las compras para atesoramiento vienen superando todos los récords, ese drenaje fue parcialmente compensado por la simultánea desdolarización de cartera de residentes para hacer carry trade. Estos fondos ascendieron el año pasado 27.000 millones de dólares, muy por encima de los 16.000 ingresados por los especuladores externos. De no haber existido esa oferta de dólares, el resultado de la cuenta capital cambiaria habría sido virtualmente nulo, generando presiones insostenibles sobre el tipo de cambio.

Si el Gobierno aspira a desacelerar la tasa de inflación en el segundo semestre no debería habilitar nuevos saltos del dólar. La variable cautiva en esta encerrona es la tasa de interés. Haber llevado la tasa de política al 30,25% anual y empujado un alza en el rendimiento de las Lebacs en el mercado secundario puede restablecer transitoriamente cierta tranquilidad. Se trata, no obstante, de una estabilidad con pies de barro. Ha quedado al desnudo la labilidad de la situación macroeconómica, y esta circunstancia se manifiesta en un deterioro en las expectativas. La confianza del consumidor estimada por el Instituto Di Tella registró en abril el nivel más bajo de los últimos cuatro años.

El enrarecimiento de las expectativas acentúa los problemas de insuficiencia de demanda que empujan hacia una desaceleración en el ritmo de crecimiento económico. Los datos oficiales del primer trimestre –con aumentos en la industria y la construcción del 1,2% y del 8,3% respectivamente– son el reflejo de la inercia que dejó el buen segundo semestre de 2017, pero no dan cuenta del debilitamiento del consumo, provocado por la caída en los ingresos del trabajo, ni del sesgo contractivo de la política monetaria y fiscal. En estas circunstancias, el ritmo de crecimiento para este año convergerá en torno del 2%, y su contracara será un nivel de empleo también inferior.

Cabe pensar que, desde el punto de vista de la estrategia oficial, un mal 2018 pueda ser la base a partir de la cual desplegar una agenda más expansiva que genere un rebote en 2019, año electoral. Lo peor del tarifazo habría quedado atrás, comenzarían a madurar los Programas de Inversión Público Privada, eventualmente la inflación puede desacelerarse y no cabe descartar un mayor pragmatismo en la política de ingresos. Se trata, sin embargo, de una apuesta riesgosa. No pueden subestimarse los impactos sociales y productivos muy corrosivos que está provocando la política económica.  Menos aún ignorar que estas tensiones que se verifican hoy en el mercado de cambios son el reflejo de una dinámica externa insostenible y que, aún para aquellos sectores que se están beneficiando de este esquema, es creciente la percepción de que “el rey está desnudo”.   


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