Postales de los nuevos tiempos

La Argentina ha vuelto a la crema del mundo; del mundo financiero. Semana tras semana se suceden seminarios organizados por las calificadoras de riesgo, encuentros de fondos de inversión, lanzamientos de grandes jugadores de las finanzas globales que vuelven a operar en nuestro país.

En simultáneo, el BCRA impulsa sofisticadas innovaciones financieras que habilitan a “especular” en tiempo real y el Gobierno recibe a las delegaciones de organismos internacionales –FMI, OCDE, Banco Mundial–, que ponderan las nuevas orientaciones económicas y alientan la profundización de la agenda neoliberal.
Esta foto contrasta con los síntomas de deterioro social y productivo inherente al régimen económico vigente: productores regionales regalando sus mercancías en la Plaza de Mayo, las PyME reclamando piedad frente a los tarifazos y la apertura importadora, la actividad industrial en contracción y los proyectos tecnológicos estratégicos amenazados por convenios leoninos con operadores internacionales. A estas realidades sectoriales se suma el aumento en los niveles de pobreza y desigualdad que se manifiestan con crudeza en los tramos más bajos de la pirámide social. 

En el medio de estos dos extremos transcurre la vida de una gran parte de la sociedad argentina que, a pesar de ver deteriorada su situación, todavía no alcanza a percibir las implicancias regresivas y desestructurantes que están implícitas en el régimen neoliberal reinstaurado por el macrismo. Hay factores subjetivos, pero también objetivos, que alientan esta predisposición a “seguir confiando” que caracteriza a una porción no menor de la clase media. 

Lo cierto es que las consecuencias de la lógica de financiarización que ha vuelto a hegemonizar el funcionamiento de la economía argentina todavía no se han manifestado plenamente. La salida de la recesión es anémica y heterogénea, pero lentamente (y precariamente) la actividad económica y el empleo formal recuperan los niveles previos al inicio de la nueva gestión de gobierno. A ello se suma que el “colchón” de ingresos heredado del gobierno anterior (tanto en términos salariales como en la elevada cobertura de los beneficios previsionales) contribuye a amortiguar los efectos del ajuste inflacionario y tarifario. Al mismo tiempo, una porción de la clase media se ha sumado a la bicicleta de valorización financiera contribuyendo a sostener sus niveles de consumo. Hay otro efecto, más subjetivo, relacionado con el acceso irrestricto a la compra de moneda extranjera que se publicita como un regreso a la normalidad. Párrafo aparte merece la situación de los empresarios que se adaptan a las nuevas reglas de juego y nutren crecientemente su rentabilidad en la esfera financiera o a través de la comercialización de bienes importados.

Este panorama quizás ayude a interpretar la buena performance electoral del oficialismo en las elecciones primarias de agosto. A la hora de plantearse la discusión política de cara a octubre, puede ser fatal caer en el reduccionismo de asignarle a la hegemonía mediática (que influyó, y mucho) la razón única de la consolidación del Partido gobernante como fuerza política de proyección nacional. El desafío es quizás complejizar el debate político, advirtiendo la heterogeneidad de situaciones que es necesario interpretar a la hora de crear discurso. Hay que lograr desenmascarar las razones ocultas del neoliberalismo, que da rienda suelta al poder de la ganancia como único objetivo. Explicar que en esa lógica no hay lugar para los derechos laborales, la industria, la soberanía y menos aún para la igualdad. Para que se entienda que el individualismo creciente, hijo predilecto del neoliberalismo, nos aleja de la posibilidad de una sociedad más justa. No es una tarea sencilla. Pero hay demasiado en juego.  

Mercedes Marcó del Pont

Fide

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