Enfrentando el “cambio de época”

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En su reciente informe regional, el Banco Mundial advierte sobre el ensombrecimiento del contexto global que condiciona el devenir de nuestras economías. Otra vez, el canal más sensible por donde se precipitan las condiciones de crisis corresponde al sector externo, siempre asociado a los problemas estructurales del subdesarrollo: matrices productivas poco diversificadas y de base primaria; endeudamiento y fuga de capitales.

Se trata de fenómenos que solo parcialmente pudieron ser removidos durante los proyectos políticos de base nacional y popular que gobernaron gran parte de la región durante la primera década larga del siglo veintiuno. Pero, lejos de corregirse, se han profundizado con el retorno de la hegemonía neoliberal que, con pocas excepciones, vuelve a dominar a América del Sur. En este derrotero, las chances de que el candidato de ultraderecha Jair Bolsonaro gane —proscripción de Lula mediante— las elecciones presidenciales en Brasil constituyen un retroceso fenomenal para la reconstrucción de una confluencia política regional comprometida con el desarrollo, la equidad y la democracia.

Al mismo tiempo, el contexto internacional lejos está de garantizar las condiciones que estas estrategias de valorización financiera requieren para sostenerse en el tiempo. Las alertas que emite el Banco Mundial solo describen lo obvio: el aumento en la tasa de interés, la reversión de los flujos de capital de corto plazo, el in crescendo de la guerra comercial desatada por los Estados Unidos y la incertidumbre frente a una eventual nueva crisis financiera global definen un escenario muy adverso para los países más expuestos en términos comerciales o financieros.

Frente a este escenario global, las respuestas de los gobiernos nacionales lucen bien distintas. En el caso de la Argentina, la opción pasa para profundizar —bajo el paraguas de un mega préstamo del FMI— el ajuste recesivo y las condiciones para el carry trade con el único fin de forzar una circunstancial tranquilidad cambiaria. La contracara es la acentuación de las condiciones de insolvencia fiscal y externa y el abandono del objetivo del crecimiento económico, del empleo y la reducción de la pobreza.

En otros rincones del planeta, en cambio, lejos de una aceptación pasiva a estas condiciones, se despliegan políticas que buscan preservar espacios de soberanía. Es notable advertir cómo la estrategia proteccionista impulsada por el presidente Trump ha empujado hacia un proceso de desdolarización con pocos precedentes. Salirse del dólar se ha vuelto una prioridad en la agenda de los BRICS. Recientemente, Rusia ha planteado un plan para reducir las transacciones internacionales en dólares, al tiempo que Turquía reguló las transacciones inmobiliarias y otros contratos para que se re-denominen en su propia moneda. China, por su parte, no se limita a responder con nuevas represalias. Avanza en la diversificación de mercados, en el estímulo a la demanda doméstica, en su estrategia de sustitución de importaciones y en la introducción del yuan como moneda mundial (la ampliación del swap con la Argentina se inscribe en esa lógica).

Como se advierte, estamos lejos del camino único e inevitable que proclama nuestro Gobierno cuando le pide al pueblo aceptar mansamente nuevos sacrificios. Siempre hay opciones. La urgencia por impulsar una alianza de sectores y clases sociales en torno a un proyecto de desarrollo económico y social está más vigente que nunca.

 

Mercedes Marcó del Pont

Fide

Fundación de Investigaciones
para el Desarrollo

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