Nuevo desarrollismo: la teoría subyacente y nuevas políticas para América Latina

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Luiz Carlos Bresser-Pereira

En la década de 1980 los gobiernos de centro-izquierda desarrollistas de América Latina enfrentaron una crisis financiera de proporciones —la Crisis de la Deuda Externa— y demostraron ser incapaces de lidiar con ella y con la alta inflación asociada a dicha crisis. En los años ‘90, debilitados por la crisis, se inclinaron ante la nueva verdad que venía del Norte: neoliberalismo o Consenso de Washington.

Los países no solamente adoptaron las políticas de ajuste estructural requeridas, sino que se sometieron a reformas neoliberales coordinadas por el Banco Mundial, cuya validez era cuestionable.

No sorprende que se adoptaran las reformas, que esencialmente consistían en liberalización del comercio, liberalización financiera y privatización, y que los países no lograran retomar la senda del crecimiento. Comparadas con el período entre 1950 y 1980, las tasas de crecimiento per cápita de alrededor del 1% por año configuraron un cuasi-estancamiento, combinado con inestabilidad financiera y una profundización de la desigualdad.

En los primeros años de este siglo, los partidos políticos de centro-izquierda ganaron las elecciones y retomaron las políticas estructuralistas o, como yo prefiero denominarlas, políticas de “desarrollismo clásico” y distributivistas. Sin embargo, en términos de las tasas de crecimiento demostraron ser incapaces de obtener mejores resultados. Esto significa que la principal escuela de pensamiento a disposición de los países en vías de desarrollo, es decir el desarrollismo clásico —esencialmente una crítica a la economía neoclásica más una propuesta de políticas industriales para los países en vías de desarrollo— y la macroeconomía poskeynesiana —una teoría macro-económica no adaptada a nuestras necesidades— no ofrecían la guía política que las nuevas realidades mundiales pedían. Dentro de este marco, resulta claro que se necesitaba una nueva teoría: una nueva macroeconomía desarrollista.

La economía poskeynesiana también se puede analizar como una visión que contiene una macro-economía del desarrollo, pero su modelo más elogiado, la Ley de Thirlwall (1979), no es otra cosa que una formalización de la teoría de las dos elasticidades perversas de Prebisch. Este modelo atrajo a los poskeynesianos porque hace que el desarrollo dependa de la demanda, esencialmente de las expo-taciones.

Este supuesto es solo parcialmente verdadero, pero vamos a tomarlo como válido. Sin embargo, la formalización demostró ser limitada en cuanto a su habilidad de explicar, al tiempo que es fructífera para producir interpretaciones erróneas y políticas erradas. Esta formalización también dio lugar a un número infinito de análisis econométricos para confirmar lo obvio: que el crecimiento de un país se ve limitado por las exportaciones de commodities, cuya demanda tiende a crecer a un ritmo menor que el aumento de su demanda por importaciones. No obstante, la única conclusión legítima que podemos derivar de esto es que los países deben industrializarse a fin de sacarse de encima esta limitante, lo cual requiere un esfuerzo extra. En cambio, Thirlwall y Hussain (1982: 1) se propusieron predecir las tasas de crecimiento de los países en vías de desarrollo a partir de la elasticidad de los ingresos por importaciones de cada país, pero obtuvieron resultados pobres.

El nuevo desarrollismo fue una respuesta a todos estos problemas. Es un marco de referencia teórico que explica el crecimiento y la falta de crecimiento en los países en vías de desarrollo, particularmente en los países de ingresos medios de América Latina que sufren de “enfermedad holandesa” y de la dependencia respecto al Norte. Es un marco de referencia esencialmente macroeconómico, no debido a que el lado de la oferta no importe, sino debido a que, en lo que respecta a la oferta, los países en vías de desarrollo (excepto en los casos en que tengan estados predadores, que están fuera del alcance del presente artículo) ya están dedicados a hacer su mejor esfuerzo; están verdaderamente comprometidos con la educación y la salud, con construir sus mejores instituciones, con invertir en infraestructura, con promover la ciencia y la tecnología. Los efectos correspondientes solo se consiguen en el largo plazo, mientras que las políticas macroeconómicas correctas producen resultados prácticamente inmediatos.

Fue dentro de este contexto que un grupo creciente de economistas, en su mayoría en Brasil y en la Argentina, comenzaron a construir una nueva macroeconomía del desarrollo que, con el tiempo, dio en llamarse “el nuevo desarrollismo”.

En la década de los ‘80 hubo un primer intento en esta dirección, un primer paso para construir una macroeconomía más adaptada a los países en vías de desarrollo. Empezó con la teoría de la inflación inercial: una teoría que es crucial para entender y controlar la inflación alta y que hoy en día es parte del mainstream. Esta teoría tuvo a Mario Henrique Simonsen (1970) y Felipe Pazos (1972) como pioneros, y fue formulada por primera vez en forma completa por Bresser-Pereira y Nakano (1983), quienes distinguieron los factores que aceleran, mantienen y permiten la inflación: shocks de oferta y demanda y el conflicto distributivo como factores de aceleración, la indexación formal e informal de la economía como factores de mantenimiento, y el carácter endógeno de la moneda como factor que permite la inflación.  

Después de la crisis argentina de 2001, la alta inflación había sido controlada en América Latina y el problema era retomar el crecimiento, que se había detenido 20 años atrás.  Considerando el gobierno de Fernando Henrique Cardoso (1995-2002) en Brasil, que formalmente adoptó la política de crecimiento con fondos externos, sin lograr que el país retomara la senda del crecimiento (a pesar de que la Crisis de la Deuda Externa y la alta inflación inercial acababan de ser resueltas), me doy cuenta de que esta política tenía un defecto en su esencia: que existía una relación inversa entre el déficit de cuenta corriente de un país y el tipo de cambio. Cuanto mayor es el déficit de cuenta corriente, más se aprecia la moneda local. De modo que, cuando el presidente Cardoso decidió crecer con endeudamiento externo, implícitamente estaba decidiendo apreciar la moneda en el largo plazo y, así, alentar el consumo y desalentar la inversión. En 2001 escribí un artículo breve sobre este tema, y al año siguiente, un artículo académico completo junto con Yoshiaki Nakano: “¿Crecimiento económico con fondos externos?”.1 En 2003, nuevamente junto con Nakano, escribí un artículo académico sobre la economía brasileña, en donde hicimos una crítica severa a la práctica del Banco Central de Brasil de establecer altas tasas de interés, que abrió la puerta para el primer debate público serio sobre este tema.2

Además, en 2003 usé la expresión “nuevo desarro-llismo” por primera vez (Bresser-Pereira, 2003), no porque algunos países de América Latina estuvieran volviendo a adoptar políticas desarrollistas después de los evidentes fracasos de las reformas neoliberales de la década de 1990, derivadas del Consenso de Washington.

De hecho, varios países adoptaron políticas eco-nómicas basadas en el abordaje desarrollista, pero dichas políticas fueron una combinación de desarrollismo clásico con populismo económico en sus dos versiones: populismo fiscal y de tasas de cambio. El nuevo desarrollismo fue llamado así para subrayar sus diferencias teóricas en relación con el desarrollismo clásico y su rechazo de los desarrollistas populistas.

En 2006 publiqué un artículo académico: “El nuevo desarrollismo y la ortodoxia convencional”, que suscitó gran interés, principalmente entre los especialistas en ciencias políticas, quienes comprendieron que se trataba de una generalización de una forma real de trazar políticas y no de una teoría: las políticas que estaban poniendo en práctica Lula en Brasil y los Kirchner en la Argentina. Probablemente me faltó claridad en este tema y se generó cierta confusión. En lugar de oponer el nuevo desarrollismo al clásico, lo comparé con el “viejo” desarrollismo, expresión que conlleva una connotación negativa, lo cual no ayudó porque asocié a los economistas que veo como mis maestros (de quienes aprendí desarrollo económico, como Celso Furtado y Arthur Lewis) con prácticas populistas que habían contaminado el desarrollismo verdadero existente en la década de 1980 y que resurgieron en la década del 2000. El nuevo pensamiento ganó cuerpo en el debate y logró mayor aprobación en las Diez Tesis sobre el Nuevo Desarrollismo (2010), que fue debatido y suscripto por un grupo de 81 académicos, particularmente economistas.3

Las innovaciones teóricas

En los años subsiguientes se siguió construyendo el nuevo desarrollismo paso a paso, y cada vez fue más fácil distinguirlo del desarrollismo clásico.4 Está en clara oposición a la economía neoclásica y la ortodoxia liberal. En cuanto al desarrollismo clásico, se trata de una adición, más que de una sustracción. Sus principales innovaciones teóricas obedecían a una secuencia temporal:

a) desde 2001 a 2006, el modelo de rechazo del crecimiento con fondos extranjeros, dado que los ingresos adicionales de capital tienen un efecto de apreciación de la moneda local, alientan el consumo, desalientan la inversión y redundan en una alta tasa de sustitución de fondos internos por fondos externos;

b) entre 2007 y 2008, el modelo de la “enfermedad holandesa”, lo que incluye la definición de los equilibrios de cuenta corriente e industrial, su neutralización a través de un impuesto a las exportaciones de commodities, que son el origen del mal en cuestión, y el subsecuente superávit de cuenta corriente;

c) en 2008, el modelo de tendencia a la sobrevaluación cíclica y crónica del tipo de cambio, que muestra que

(c1) el tipo de cambio no solo es volátil, sino que dicha volatilidad tiene un sentido,

(c2) ocurre entre dos crisis financieras, causa una marcada depreciación y es causada principal-mente por la política de crecimiento con endeudamiento externo,

(c3) en el período intermedio, y por varios años, el tipo de cambio permanece sobrevaluado,

(c4) en consecuencia, las empresas hacen sus cálculos considerando dichos tipos de cambio y no invierten en manufacturas, lo que explica por qué el tipo de cambio es un factor determinante de la tasa de beneficio esperada y, por ende, de la tasa de inversión, por lo que se convierte en una variable clave del proceso de crecimiento de los países en vías de desarrollo;

d) a principios de la década de 2000, la idea era que, para crecer, un país tiene que asegurarse de que los 5 precios de la macroeconomía (tasas de interés, de cambio, salarios, ganancias e inflación) se mantengan en niveles correctos, pero el mercado definitivamente no lo asegura;

e) darse cuenta de que tener precios adecuados en lo macroeconómico resulta esencial para ponerse a la par de los países del Este asiático, y de que el apoyo a las políticas industriales es necesario, siempre y cuando no sean entendidas como sustitución, sino como complemento a una política macroeconómica competente;

f) en 2013, el concepto de valor del tipo de cambio, alrededor del cual flota dicha tasa según la oferta y la demanda de divisas, que varía en virtud de diversos factores, y que incluye variaciones en los términos comerciales y en los flujos de capital;

g) en 2015, el modelo que explica el valor de las divisas según las variaciones en el índice de los costos laborales unitarios del país, en relación con sus principales competidores, y las variaciones del equilibrio monetario, más la variación en los términos comerciales;

h) en 2016, completa el modelo de determinación de las tasas de cambio, en el que el componente estructural de tal determinación es el valor de las divisas, y donde, además de otras variables aleatorias, la oferta y demanda de divisas varía en virtud de tres políticas habituales, que con frecuencia son adoptadas por los países en vías de desarrollo: políticas de crecimiento con fondos extranjeros y el consecuente ingreso permanente de capitales que superan las salidas de fondos, la política de usar el tipo de cambio como ancla contra la inflación, y la política de altas tasas de interés para atraer el ingreso de capitales, que es instrumental en relación con las dos políticas previas.

Las innovaciones microeconómicas son más limitadas. El nuevo desarrollismo tomó prestadas de la política económica clásica (teoría del valor-trabajo y tendencia a la paridad de las tasas de ganancia) y del desarrollismo clásico, la definición de crecimiento como industrialización y, con menos énfasis que en el desarrollismo clásico, la defensa de la política industrial. El nuevo desarrollismo no arranca su razonamiento a partir del modelo de equilibrio general ni de la competencia pura, ya que supone mercados relativamente libres o competitivos, sino que distingue dentro de las economías capitalistas modernas un sector competitivo y otro no competitivo, y defiende el segundo, formado por empresas de infraestructura y de insumos básicos, más los grandes bancos (“demasiado grandes para fallar”), la planificación económica y una estricta regulación.

El nuevo desarrollismo cuenta además con una economía política, expresión entendida como las relaciones entre el mercado, el Estado y la política. Los componentes de esta economía política también se desarrollaron gradualmente, tras mucho razonamiento y debate. Algunos ya formaban parte del desarrollismo clásico, pero son importantes en el marco de referencia de los nuevos desarrollistas:

a) la identificación del comienzo del desarrollo económico con la formación de la nación-Estado y la revolución industrial, dos cambios históricos importantes que dieron forma a la revolución capitalista en cada uno de los países;

b) la distinción de populismo económico versus populismo político, y la identificación del populismo económico no solo a nivel fiscal (el Estado, irresponsablemente, gasta más de lo que recibe), sino, principalmente, a nivel del tipo de cambio: la nación-Estado gasta más de lo que recibe e incurre en déficit de cuenta corriente;

c) la afirmación de la posibilidad de que los desarrollistas formen coaliciones de clase a nivel nacional, aún dado el carácter ambiguo y contradictorio de los empresarios de América Latina;

e) la definición de los desarrollistas del Estado como uno que interviene moderadamente en la economía (pone en práctica la política industrial) y, aunque coopere con otros países, adopta el nacionalismo económico.

A estos conocimientos previos de economía política, debemos agregar otros componentes del nuevo desarrollismo, que pueden ser mencionados como una secuencia:

a) de 2006 a 2009, la definición de globalización como competencia no solo entre empresas, sino entre naciones-Estado, lo que induce a la práctica imperial de parte de los países más ricos y poderosos, que explica por qué los países en vías de desarrollo deben recurrir al nacionalismo económico para crecer;

b) de 2010 a 2014, una definición más precisa de Estado desarrollista, que no solo se caracteriza por el nacionalismo económico y una intervención moderada del Estado en la economía, sino, tal vez como punto principal, por una política macroeconómica activa que mantiene los cinco precios de la macroeconomía en el nivel adecuado, particularmente la política de tipo de cambio;

c) en 2014, la clasificación del Estado desarrollista según cuatro modelos, de acuerdo a si se trata de países centrales o periféricos y su grado de auto-nomía: el modelo de país central original –Inglaterra y Francia–; el modelo central de los países que se sumaron con posterioridad, como Alemania y los Estados Unidos; el modelo de país periférico independiente, como los del Este asiático; y el modelo de país periférico dependiente de los países centrales, como Brasil y Sudáfrica;

d) en 2015-2016, definición del desarrollismo como una forma de organización económica y política del capitalismo, alternativa al liberalismo económico, y definición de las fases del capitalismo en los países originales como: mercantilismo o primer desarrollismo, liberalismo económico, los Años Dorados del capitalismo o segundo desarrollismo, y neoliberalismo;

e) en el mismo período, definición de desarrollismo como la forma por defecto del capitalismo, no solo en los países centrales originales, sino para todos los otros países que eran desarrollistas cuando se industrializaron;

f) en 2017, definición de capitalismo contemporáneo como capitalismo rentista-financiero, y las fases del capitalismo, según la coalición de clases dominante: capitalismo clásico o de empresas, capitalismo tecno-burocrático, donde los tecno burócratas reemplazan a los empresarios en el manejo de las empresas; y el capitalismo rentista-financiero, en el que los herederos y los especuladores reemplazan a los empresarios en la titularidad de las empresas, mientras que los financistas manejan la riqueza y juegan el papel de sus intelectuales orgánicos.

Considerando estas nuevas contribuciones, pode-mos comparar el desarrollismo clásico y el nuevo desarrollismo:

el principal objeto del desarrollismo clásico son los países preindustriales, mientras que en el nuevo desarrollismo se encuentran los países de medianos ingresos, que ya han llevado adelante su revolución industrial y capitalista;

el desarrollismo clásico no contaba con una macroeconomía y reprodujo la macroeconomía poskeynesiana,5 mientras que el nuevo desarrollismo cuenta con su macroeconomía, firmemente basada en la macroeconomía poskeynesiana;

el desarrollismo clásico se basaba en la tesis de la infancia de la industria y defendía una estrategia de sustitución de importaciones, mientras que el nuevo desarrollismo supone que los países de medianos ingresos son capaces y deberían exportar bienes manufacturados.6

el desarrollismo clásico defendía el proteccionismo, mientras que el nuevo desarrollismo esencialmente demanda emparejar las condiciones para la industria manufacturera, algo que el mercado no garantiza;

el desarrollismo clásico defendía una moneda sobrevaluada y altas tasas para los derechos aduaneros, mientras que el nuevo desarrollismo defiende mercados relativamente abiertos y ta-sas de cambio competitivas que solo se pueden lograr con bajas tasas de interés, en países que exportan commodities, con una tasa de exportación variable sobre esas commodities para neutralizar la “enfermedad holandesa”;

el desarrollismo clásico defendía el crecimiento con una política de endeudamiento externo, mientras que el nuevo desarrollismo la rechaza y defiende el equilibrio o incluso un superávit de cuenta corriente, cuando los países se enfrenten con la “enfermedad holandesa”;7

el desarrollismo clásico defendía la estrategia de sustitución de importaciones, mientras que el nuevo desarrollismo defiende el crecimiento basado en exportaciones de bienes manufacturados y, por ende, basado en la integración competitiva en los mercados internacionales;

el desarrollismo clásico era escéptico respecto de la política de tipo de cambio y prefería aranceles altos,8 mientras que el nuevo desarrollismo tiene una teoría sobre la determinación del tipo de cambio y le otorga un rol mayor a la política de tipo de cambio para brindar condiciones de competencia más equitativas a las empresas nacionales.

Asegurar las nuevas políticas

Concluyo esta comparación entre el desarrollismo clásico y el nuevo desarrollismo con una breve discusión sobre las nuevas políticas que derivan de la nueva realidad y del nuevo desarrollismo. Tomaré como puntos de referencia los casos de la Argentina y Brasil, dos países de ingresos medios, exportadores de commodities, es decir que sufren del “mal holandés”.

¿Qué es lo que no cambia? Esencialmente la industrialización o el nivel de sofisticación productiva sigue siendo la principal estrategia; una intervención moderada del Estado y una posición de defensa del nacionalismo económico (como rechazo de la dependencia) siguen siendo los requisitos para equiparar la situación de manera exitosa, además de una política industrial estratégica que sigue teniendo sentido.

¿Qué es lo que cambia? Además de lo antedicho, ¿cómo debería actuar un Estado desarrollista? Primero, es aconsejable tener una política industrial, pero no como sustituto de una política macroeconómica desarrollista.

Segundo, la política macroeconómica debe apuntar al equilibrio de las cuentas fiscales, siguiendo el abordaje poskeynesiano en esta área. El nuevo desarrollismo es crítico del conocimiento lego, que distingue la política desarrollista de la política macroeconómica de los liberales ortodoxos basada en la creencia de que los desarrollistas progresis-tas gastan libremente, mientras que los liberales conservadores rechazan el gasto libre. El nuevo desarrollismo está muy en contra de que el Estado adopte una postura populista en cuestiones fiscales o de tipo de cambio, en el sentido de un Estado o una nación-Estado (país) que gaste irresponsablemente más de lo que ingresa. El gasto libre constituye una suerte de populismo fiscal (donde no hay una política macroeconómica responsable), una práctica habitual tanto de gobiernos progresistas como conservadores de los países en vías de desarrollo. Recurrir al déficit de cuenta corriente con el argumento de que se trata de crecimiento con fondos extranjeros es incurrir en tasas de cambio populistas; es una práctica que la ortodoxia liberal defiende a capa y espada. Los flujos de capitales adicionales que esta política requiere que ingresen implican una apreciación de la moneda local a largo plazo y alientan el consumo, no la inversión.

Qué decir de la austeridad que ponen en práctica los liberales cuando hay un desajuste macroeconómico caracterizado por déficit fiscal y de cuenta corriente? Implica un “ajuste interno”, es decir que el Gobierno mantenga el tipo de cambio nominal constante, mientras hace un ajuste fiscal fuerte de los gastos corrientes y la inversión pública, lo cual (a) contribuirá directamente a la recuperación del equilibrio fiscal si la caída de los ingresos públicos correspondientes a la recaudación impositiva causada por la consiguiente recesión no supera la reducción del gasto fiscal, y  (b) indirectamente equilibrará las cuentas corrientes, ya que la recesión causará una caída de salarios y mejorará la competitividad del país, sin depreciación. Como no se produce una depreciación, los únicos que pagan el ajuste son los asalariados, mientras que los rentistas no pagan nada.

En cambio, dado el mismo desajuste, el nuevo desarrollismo defiende un ajuste fiscal (pero solo del gasto corriente, no de las inversiones), reduce las tasas de interés, neutraliza la “enfermedad holandesa”, introduce algunos controles sobre el capital y, de este modo, devalúa la moneda local. En este caso, no solo los trabajadores, sino también los capitalistas rentistas pagan los costos del ajuste. De hecho, pagan más que los trabajadores, ya que con la devaluación los ingresos de los rentistas (dividendos, rentas inmobiliarias e intereses) pierden, en términos fiscales, tanto poder adquisitivo como los salarios; pagan más porque la riqueza de los rentistas pierde valor en moneda local, mientras que los trabajadores no poseen riquezas que sufran estos embates; pagan más porque la reducción de la tasa de interés es anatema para los rentistas, mientras que es bienvenida por los trabajadores; pagan más porque el ajuste fiscal quedará limitado a los gastos corrientes, la recesión será más leve y el empleo se restablecerá rápidamente, beneficiando a los trabajadores.

Tercero, la política macroeconómica debe garantizar el equilibrio de las cuentas externas, y así rechazar firmemente el déficit de cuenta corriente; además, en caso de que el país enfrente las consecuencias de la “enfermedad holandesa”, la cuenta corriente no deberá estar equilibrada, sino presentar un superávit. El rechazo del déficit de cuenta corriente es la política más contra intuitiva del nuevo desarrollismo, pero es muy importante que el país invierta e incremente las tasas de inversión y de ahorro. Es necesario rechazar el déficit, porque toma ingresos de capital adicionales que tienen un efecto de apreciación de la moneda local y posibilita que las empresas manufactureras del país se vuelvan poco competitivas. En caso de que exista “enfermedad holandesa”, el país deberá lograr un superávit, puesto que este mal se define como la distancia entre el equilibrio industrial (es decir, el equilibrio competitivo) y el equilibrio corriente del tipo de cambio, que balancea la cuenta corriente. En la medida en que el equilibrio industrial se deprecie más que el equilibrio corriente del tipo de cambio, cuando el país logra neutralizar la “enfermedad holandesa” será necesario presentar un superávit de cuenta corriente.

Cuarto, la política macroeconómica debe mantener los cinco precios macroeconómicos en niveles adecua-dos, algo que el mercado no puede hacer. Los gobiernos crearon a los bancos centrales y comités monetarios para mantener dos de estos precios en niveles correctos: la tasa de inflación y la tasa de interés. Una política de tipo de cambio activa y un comité a cargo del tipo de cambio resultan igualmente necesarios.

Quinto, la tasa de interés no es solo un instrumento usado por el Banco Central para controlar la inflación; también es un precio, cuyo nivel deberá ser bajo, ya que el banco basa su política monetaria en ese parámetro.

Sexto, en los países de medianos ingresos la ten-dencia de los salarios que crecen a un ritmo por debajo de la productividad desapareció, porque la economía ya alcanzó la estructura de Lewis (el punto en que deja de existir una oferta ilimitada de mano de obra). La política debería ir en sentido tal que los salarios directos crezcan en paralelo con la productividad, de modo que no constituyan una amenaza a la tasa de beneficio, mientras que los salarios indirectos (principalmente el gasto social) y los impuestos progresivos se ocupan de la desigualdad económica que caracteriza al capitalismo.

Séptimo, en cuanto a la tasa de beneficio, es ne-cesario considerar que ya no estamos en la era del capitalismo clásico, donde solo teníamos a los capitalistas y a los trabajadores, sino en el capitalismo rentista-financiero, donde hay capitalistas que son empresarios, cuyas decisiones de inversión son fundamentales para el crecimiento y, por ende, es necesario que haya una tasa de beneficio satisfactoria, y otros que son capitalistas rentistas, individuos de-dicados al ocio, cuya remuneración debería ser la menor posible. Teniendo en cuenta este punto, y dada la tendencia a la sobrevaluación cíclica y crónica del tipo de cambio, que empuja hacia abajo la tasa de beneficio y vuelve no competitivas a las empresas manufactureras, no solo los salarios directos no deberán incrementarse por sobre la productividad, sino –lo que es más importante aún– el tipo de cambio debe ser competitivo, para así mantener una tasa de beneficio satisfactoria.

En cuanto a la estrategia de crecimiento que deviene del nuevo desarrollismo, queda claro que no se basa en la estrategia de sustitución de importaciones, que solo se aplica al comienzo del crecimiento económico (e implica la reducción del coeficiente de apertura). Sin embargo, esto no quiere decir que sea necesario llevar adelante una estrategia liderada por las exportaciones que implique un incremento de dicho coeficiente; lo único que se requiere es que el tipo de cambio sea competitivo, y que flote cerca del punto de equilibrio industrial. Una vez que esto está asegurado, la eficiencia relativa de las diversas industrias que comprenden la economía nacional determinará el coeficiente de apertura. Ahora, hay que considerar las variables colaterales de la oferta que determinan la productividad, y la  política industrial puede jugar un papel en este asunto, alentando las exportaciones de una industria determinada por un tiempo. Sin embargo, el que tiene la última palabra es el mercado; así como la política industrial no es un sustituto competente de la política macroeconómica, tampoco se supone que compense la eventual ineficiencia de las empresas. Se supone que el Estado debe garantizar las condi-ciones generales de acumulación invirtiendo en infraestructura, en servicios de salud, educación y tecnología, para mejorar sus instituciones de manera permanente y planificar los sectores no competitivos de la economía, principalmente en infraestructura e insumos básicos para la industria.

En cuanto a la distribución, debería lograrse por medio de un sistema de impuestos progresivos, para mantener un nivel de las tasas de interés bajo a fin de no remunerar en exceso a los rentistas y financistas, incrementando los impuestos para financiar el Estado social e incrementando el salario mínimo en la medida en que estas dos políticas lo permitan, es decir que se puedan implementar sin dañar la competitividad de las empresas. Sin embargo, esto se debe entender en términos dinámicos y de apertura, ya que el incremento de los salarios directos e indirectos significa más demanda, más crecimiento y más oportunidades de distribución. q

Notas

1.  Véase Bresser-Pereira (2001) y Bresser-Pereira con Nakano (2002; 2003).

2.  Véase http://bresserpereira.org.br/categoria/trabalhos-de-terceiros/debate-sobre-crescimento-com-estabilidade2001/.

3.  Véase http://www.scielo.br/pdf/rep/v31n5/a11v31n5.pdf

4.  Se puede encontrar una exposición más completa de la macroeconomía del nuevo desarrollismo en Bresser-Pereira, Marconi y Oreiro (2014; 2016). También cito la edición de 2016 del libro en portugués, ya que el nuevo desarrollismo es un trabajo todavía en proceso. La edición en inglés es más completa porque se publicó dos años más tarde. La economía política del nuevo desarrollismo se encuentra principalmente en Bresser-Pereira (2016; 2017).

5.  Excepto en relación con “la teoría estructuralista de la inflación”, que eventualmente demostró tener un alcance limitado.

6.  El pesimismo clásico del desarrollismo en relación con las exportaciones de bienes manufacturados fue uno de los principales errores de los economistas desarrollistas de América Latina. Cuando en 1967 Brasil abandonó ese pesimismo y creó un subsidio a las exportaciones que neutralizó el mal holandés del lado de las exportaciones (dado que las altas tasas aduaneras ya lo habían neutralizado en el mercado interno), las exportaciones brasileñas de bienes manufacturados se elevaron notablemente: pasaron de 6% en 1965 a 62% del PIB en 1990.

7.  En el modelo del gran impulso de Rosenstein-Rodan (1943), que fundó el desarrollismo clásico, las enormes y simultáneas inversiones, que se beneficiarían de externalidades cruzadas, se vuelven competitivas a nivel internacional y disparan el crecimiento económico, se supone que se financiarían con fondos extranjeros. Algunos economistas desarrollistas defendieron ciertas condiciones para admitir la inversión extranjera, pero ninguno rechazó de plano el crédito externo. Hasta la década de 1970 veían la escasez de capitales extranjeros como uno de los principales obstáculos al crecimiento. Cuando, tras la primera crisis del petróleo en 1973, los principales bancos privados internacionales volvieron a financiar a los países de América Latina, después de que no hubiera crédito disponible desde el desplome de 1929 y la Gran Depresión, los economistas desarrollistas en Brasil celebraron “la buena nueva”. 

8. Véase Bresser-Pereira y Rugitsky (2018). En este trabajo hay citas de Prebisch que claramente muestran este escepticismo.

 

Referencias

 

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