El despliegue de la crisis sobre la economía real

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El fracaso del “ajuste expansivo”

La tranquilidad cambiaria del verano resulta difícil de interpretar sin su contracara en términos de agravamiento del proceso recesivo y de regresividad distributiva.

El apretón monetario récord se combina con el drástico achicamiento del gasto público, en el marco del compromiso de “déficit cero” asumido con el FMI. Los ingresos de los jubilados y beneficiarios de asignaciones arrastran una pérdida del 20% real y los salarios en promedio acumulan un deterioro en torno al 13%. La apreciación del peso de nada sirvió para alterar la inercia inflacionaria generada por la devaluación de 2018, circunstancia a la que se suman los nuevos aumentos de tarifas de la energía y transporte. Las proyecciones privadas coinciden en ubicar al piso de la inflación en torno al 30% para el año en curso.

Los años electorales suelen ser expansivos. No parece ser el caso de 2019, que transcurrirá en medio de un severo ajuste fiscal. La misión del FMI que está auditando nuestra economía en estos días difícilmente afloje en sus requerimientos de recortes adicionales del gasto para compensar el deterioro real verificado en la recaudación tributaria. A diferencia de lo ocurrido en 2017, cuando en los meses previos a la elección el Gobierno utilizó el estímulo fiscal para impulsar la demanda, este año esa variable tendrá un rol fuertemente pro cíclico. La reciente decisión del Ministerio de Hacienda aumentando un 50% los intereses a pagar por deudas impositivas, contrariando toda racionalidad en términos de política eco-nómica, es una señal elocuente de esa intransigencia fiscalista que no repara en los costos productivos y sociales provocados. 

Este achicamiento en el gasto primario en servicios sociales y económicos contrasta con el permanente incremento en el peso de los servicios de la deuda pública, único componente que crece a tasas muy por encima de la inflación. Tal redistribución de recursos fiscales desde la economía real hacia el capital financiero es una tendencia inherente a todos los modelos de ajuste ortodoxo y endeudamiento. En este proceso de financiarización que caracteriza el funcionamiento de la economía desde fines de 2015, el BCRA ha sido un actor central a la hora de garantizar la transferencia de ingresos hacia el sector financiero, con su contrapartida en términos de expansión del déficit cuasi fiscal. Si se consideran los intereses pagados por el Tesoro y el BCRA durante los tres años de gestión del actual gobierno, el monto asciende al equivalente de 3,5 puntos del PIB. Este porcentaje, a su turno, es igual al recorte impuesto en la inversión pública y en los subsidios a los servicios públicos.


Revista Fide, Coyuntura y Desarrollo nº 386, 13 de febrero de 2019.
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