El modelo portugués. Un mirador para la Argentina que viene?

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Portugal es hoy el niño mimado de una porción importante del “progresismo” mundial, como conse-cuencia de una serie de méritos y logros nada despreciables en su política económica.

Suele ponderarse su desafío a las recetas que desde hace tres décadas componen las recomendaciones de los organismos internacionales y que suelen profundizar las crisis que dicen venir a conjurar. A pesar del duro constreñimiento impuesto por la Comisión Europea (CE), el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), el gobierno socialista del Primer Ministro António Costa asumido a finales de 2015 ha logrado sacar a su país de una depresión que parecía indomable.

La fórmula resultó, curiosamente, muy sencilla: una política expansiva sustentada en un paulatino fortalecimiento del mercado interno con una distribución suavemente progresiva del ingreso, el incremento de los salarios mínimos, una mejora de las remuneraciones de los trabajadores estatales, la reintroducción de los escalafones en la administración pública y el relanzamiento de la inversión estatal. Puso así en marcha un círculo virtuoso que arrastra a los salarios privados, al empleo y a la inversión privada. Contrariando los pronósticos del mainstream neoliberal –pero siendo fiel a una larga serie de experiencias empíricas históricas–, tal política, lejos de descalabrar las cuentas fiscales, permitió consolidar el superávit primario y afrontar buena parte del servicio de la deuda pública.

Si, por el momento, la posición económica del Gobier-no parece consolidada, la cuestión de la deuda es probablemente uno de los principales talones de Aquiles que puede complicarle a Costa el escenario económico y político. Es que su gobierno minoritario sostenido en el Parlamento por el Bloque de Izquierda, el Partido Comunista y el Partido Ecologista Verde, no ha logrado alinear a la virtual coalición detrás de una gestión común de la deuda. Antes bien, las diferencias en este punto son manifiestas y las estrategias de cada partido son divergentes. Hay allí, pues, un problema político de fondo latente. Los aliados parlamentarios exigen una renegociación profunda (hay para ello varios modelos con diferentes combinaciones de extensión de plazos, reducción de tasas y quitas) que el Gobierno evita plantear a los acreedores, en su mayoría las propias instituciones internacionales.


Revista Fide, Coyuntura y Desarrollo nº 386, 13 de febrero de 2019.
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