La desdolarización de la economía como política de Estado

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Si algo ha quedado nítidamente al descubierto a lo largo de estos casi cuatro años, son las enormes consecuencias redistributivas que traen aparejados los modelos neoliberales.

Es difícil interpretar la masiva transferencia de ingresos desde la economía real hacia el capital financiero ocurrida en estos años de manera disociada del régimen monetario-cambiario y financiero impulsado desde el BCRA. El telón de fondo de este proceso estuvo definido por la decisión política de liberalizar el mercado de cambios y la cuenta capital, abandonar las atribuciones para regular el sistema financiero y garantizar ganancias extraordinarias para los bancos en un proceso perverso de desintermediación entre los ahorros y la inversión.

La precipitación de la crisis cambiaria obligó al Gobierno a desandar parte de ese recorrido y reinstaurar ciertas regulaciones cambiarias. Se trata sin embargo de parches que no pueden garantizar la estabilidad del mercado de cambios y, por ende, de los precios internos. Los recientes datos divulgados de pobreza e indigencia ratifican el vínculo estrecho que existe entre el valor de la canasta básica, particularmente la de alimentos, y la cotización del dólar. Siguiendo con esa línea explicativa, sería fatal ignorar que tanto las presiones devaluatorias como los procesos de endeudamiento externo hace tiempo que en la Argentina están esencialmente asociadas a la dinámica de la fuga de capitales doméstica.

Pensamos que la discusión en torno a la necesidad de regular la dolarización del ahorro que ha vuelto a la agenda pública debería darse en el contexto de un debate más amplio acerca de los límites que nuestro bimonetarismo impone no sólo a las posibilidades de la estabilización monetaria y financiera, sino también al desarrollo. Es evidente que en una situación de insuficiencia de dólares tan severa como la que se vive en la actualidad los controles de cambio son necesarios para administrar la escasez estructural de divisas priorizando sus usos productivos. Pero este es solo un aspecto de la fuga. No menos relevante es advertir que este fenómeno supone una filtración de ahorro fuera de la acumulación productiva interna. Se trata de una restricción seria para una economía subdesarrollada que todavía enfrenta el complejo desafío de la industrialización en un contexto global adverso. El bimonetarismo también condiciona los espacios para recrear un sistema financiero que desempeñe un rol activo en la recuperación del crecimiento y el empleo.

La centralidad del dólar en el funcionamiento de nuestra economía y en la subjetividad de gran parte de la sociedad viene desde hace tiempo. Es parte de un proceso histórico. Sin embargo, no es irreversible ni está en nuestro ADN, como muchas veces se intenta instalar. El neoliberalismo ha contribuido en mucho a consolidar este fenómeno, que se exacerba en las etapas de valorización financiera. La desdolarización requerirá tiempo y un abordaje integral por parte de las políticas públicas. El BCRA tiene mucho para aportar en esta materia, pero no debería estar solo en la tarea, que implica una gran cantidad de aristas. Identificar esta cuestión como un problema y delinear caminos superadores quizás debería ser parte de los consensos que se busca materializar en el acuerdo social al que nos está convocando el Frente de Todos.

 

Mercedes Marcó del Pont

Fide

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