La incertidumbre como nueva normalidad

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La experiencia nacional e internacional está dejando en evidencia que, en una realidad tan compleja, resolver los problemas a partir de un abordaje “día a día” es más que un recurso retórico. Es difícil pensar en el futuro cuando el horizonte de esta crisis es todavía tan incierto. A nivel global, los datos objetivos indican que el ciclo de la pandemia esta lejos de su punto de inflexión y que las falsas dicotomías entre salud y economía han obligado a muchos países a volver atrás en las fases de aislamiento social.

En el caso de la Argentina, tal escenario de incertidumbre se agudiza en el marco de un proceso de renegociación de la deuda que se prolonga, y parece corporizarse la posibilidad de un default parcial. Sin subestimar las implicancias de una circunstancia de esta naturaleza, lo cierto es que en el contexto de una crisis mundial atípica como la actual, éste no parece ser el frente más problemático a la hora de pensar la etapa “post pandemia”. A nadie escapa que la posibilidad de reanudar un sendero de crecimiento con inclusión y sostenibilidad macroeconómica estará fuertemente condicionada por las decisiones que el Estado asuma en el presente para preservar, en la mayor medida posible, los puestos de trabajo, los ingresos y las capacidades productivas. En tal dirección se han orientado todas las políticas desplegadas desde el sector público hasta el momento. Las mismas deberán readecuarse en función de necesidades sectoriales, sociales y regionales crecientemente heterogéneas.

A diferencia de lo ocurrido en crisis anteriores, como la de 2001 o la de 2008/9, nuestro país deberá encarar la recuperación de su economía en un contexto mundial y regional sumamente adverso. Las preocupaciones acerca de las consecuencias de las crecientes tensiones proteccionistas, las tendencias hacia la relocalización del capital fuera de las economías emergentes o el estancamiento secular de la economía y el comercio global, a las que hacíamos referencia hace apenas unos meses, ahora empalidecen frente a las nuevas perturbaciones sistémicas provocadas por la pandemia. Mientras dure esta nueva realidad, los cambios en la composición de la demanda transformarán prácticas de consumo que dábamos por sentadas, afectando ramas enteras de la provisión de servicios y bienes que también son grandes proveedoras de empleo.

A nivel global se ha consolidado un cierto consenso a favor del rol llevado adelante por los estados nacionales para paliar las consecuencias de la crisis. En el caso de nuestro país, es importante reivindicar no sólo su papel en la asignación de recursos fiscales o del crédito para sostener la demanda, sino también la recuperación de instrumentos de política que habían sido desactivados por el gobierno anterior. Un ejemplo elocuente es el rol que viene desempeñando el BCRA orientando el crédito, administrando el mercado de cambios y financiando al Tesoro. Desde nuestro punto de vista, estas funciones deben ser incorporadas como parte de la nueva normalidad de un Estado que debe ampliar y mejorar su capacidad regulatoria, coordinar sus acciones y generar los consensos imprescindibles entre los principales actores económico-sociales en torno a un proyecto de desarrollo e inclusión.


Revista Fide, Coyuntura y Desarrollo nº 394, 29 de junio de 2020.
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