Neoliberalismo y financiarización

A lo largo de las últimas décadas el neoliberalismo ha producido a escala global un cambio en la relación de fuerzas entre el capital y el trabajo.

El estímulo a un régimen de acumulación financiera como espacio central de la valorización del capital ha tenido impactos de gran magnitud en el mundo de la producción y en el mercado de trabajo. La contracara de la financiarización es la pérdida de participación de los trabajadores en la distribución del ingreso, la precarización en sus condiciones de empleo y el debilitamiento progresivo de las organizaciones sindicales.

La Argentina se ha vuelto a sumergir plenamente en esa lógica. La rentabilidad en la operatoria financiera está provocando una reconfiguración general de la actividad económica. Esta dominancia de lo financiero por sobre lo real está siendo impulsada por el Estado a través de múltiples decisiones. De hecho, en la presente etapa el corazón de la bicicleta financiera está siendo financiado por el BCRA, provocándole desproporcionados costos cuasi fiscales.

Peor aún, su accionar está sembrando las condiciones para restablecer la sumisión del Estado al capital financiero. No es un dato menor que los pasivos remunerados que el BCRA ha acumulado en menos de un año y medio ya superen ampliamente el nivel de las reservas internacionales. ¿Acaso esta situación no condiciona la soberanía de dicho organismo para hacer política monetaria-cambiaria? Del mismo modo, la creciente dependencia del financiamiento externo nos vuelve a subordinar a la dinámica y condicionalidades de un “mercado” volátil y que siempre reclama más ajuste.

Dentro de la lógica neoliberal que impulsa el Gobierno, es difícil encontrar espacios para el crecimiento difundido y sostenible de la actividad económica y del empleo. La persistencia de la recesión, el parate de la inversión privada y la caída en la participación de los trabajadores en la distribución del ingreso, son algunas de las  manifestaciones de esta fase de financiarización que está hegemonizando el funcionamiento de la economía argentina. Estas tendencias se ven agravadas por la persistencia de un contexto externo que tampoco muestra señales relevantes de mejoría.

En este escenario donde se han exacerbado las pujas distributivas, el Gobierno optó por disciplinar a los trabajadores. Tal decisión no es caprichosa, sino absolutamente consistente con la concepción neoliberal del salario como costo empresario y del trabajo como una mercancía más que debe subordinarse a la lógica de la competencia. Avanzado el año, el Gobierno puede exhibir un éxito que no tuvo en 2016: logró imponer una pauta de incremento de los salarios que cristalizó la pérdida real experimentada el año pasado, ya que para 2017, en el mejor de los casos (cláusula gatillo mediante), el incremento de los salarios empardaría a la inflación.

Sin embargo, para consolidar un cambio estructural en la distribución funcional del ingreso el Gobierno necesita reinstaurar condiciones de flexibilidad laboral. Algunas de hecho (por ejemplo habilitando una creciente discrecionalidad patronal), pero fundamentalmente modificando el marco legal. En este frente, como en otros, las elecciones legislativas de octubre constituyen una prueba de fuego en su búsqueda de la legitimación política necesaria para avanzar más aceleradamente en su mandato neoliberal.


Mercedes Marcó del Pont

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