EL PLAN PRODUCTIVO DE CAMBIEMOS

Sin espacios para la industria

Durante los primeros diez meses del año, la actividad industrial acompañó el desempeño recesivo generalizado y, a pesar de las promesas oficiales, no se vislumbran los promocionados “brotes verdes” que permitan anticipar una reactivación de los niveles de producción y ocupación en el corto plazo.

A las pésimas condiciones externas preexistentes –crisis económica y recesión brasileña, menor ritmo de crecimiento chino y un anémico desempeño del comercio global– se sumó la contracción de la demanda interna por la sensible caída del poder adquisitivo y el aumento en el desempleo, así como la retracción del gasto público, concentrada en la reducción de la inversión pública.

Esos elementos coyunturales estuvieron acompañados por una serie de cambios estructurales que comenzó a implementar la nueva administración, con el objetivo de impulsar un nuevo modelo de crecimiento liderado por las exportaciones y la in-versión. La apuesta a ese tipo de políticas exigió desmontar herramientas fundamentales del esquema amplio de política industrial existente hasta 2015. La apertura comercial, la liberalización de las condiciones del crédito, la retracción de la intervención estatal directa, la quita de retenciones al sector agropecuario y la minería, la profunda desregulación de la cuenta capital y una nueva política energética representaron los primeros pasos en esa profunda transformación. Ante el deterioro de la cuenta corriente, aceleración de la fuga de capitales y ausencia de inversiones extranjeras, el endeudamiento se ha convertido en una costosa necesidad. La emisión de deuda externa que se alcanzó a partir de la reinserción plena del país, sus provincias y empresas en el sistema financiero internacional ofrece un paliativo transitorio pero no solo no garantiza la sustentabilidad del sector externo, sino que amenaza con reactivar una histórica fuente de vulnerabilidad de la economía argentina. 

Consolidar el nuevo escenario distributivo exige un conjunto de conflictivas transformaciones que redefinirán el tamaño y los contenidos del entramado productivo argentino. El cambio de rumbo inicial estuvo acompañado por una intensa transferencia de ingresos hacia grandes grupos económicos nacionales y empresas multinacionales que, a pesar de las disputas por el reparto de ese excedente, le ofrece al nuevo Gobierno un respaldo transitorio para implementar las reformas macroeconómicas, institucionales y regulatorias asociadas a su modelo.

Los lineamientos para ese recorrido quedaron plasmados en el Plan Productivo Nacional coordinado por el Ministerio de Producción. Atravesado por algunos vagos pasajes bienaventurados, el programa constituye un exceso de voluntarismo donde se reproducen los lineamientos tradicionales para la política industrial con el objetivo de profundizar un patrón de acumulación basado en la exportación de productos agroindustriales.

(…)

Pero la confusión australiana no es la única simplificación en la que cae el Plan Productivo. A la hora de establecer sus metas orientativas de gestión, la iniciativa presenta un engendro analítico para ex-presar sus objetivos cuantitativos, donde propone lograr un crecimiento del PIB similar al de Colombia con la dinámica de las exportaciones de México y la reducción de la informalidad de Turquía. Lo que podría ser considerado un abuso del marketing para reforzar la ilusión de viabilidad de las metas revela en cambio la apuesta a un esquema de enclave productivo basado en la exportación de materias primas de escaso valor agregado y la maquila de productos para los grandes mercados de la región. En esa selección de experiencias similares exitosas, Chile se presenta como el objetivo a lograr en materia de inversión, IED y creación de empleo. La reiterada apuesta a parecerse al país vecino no es neutral: el supuesto “milagro” económico chileno es presentado hace años como evidencia de las ventajas de la desregulación, la liberalización comercial, la flexibilización laboral y la muy limitada intervención del Estado en el conflicto distributivo. En realidad, con esas políticas Chile consolidó un perfil productivo y exportador netamente primarizado y concentrado alrededor de un único producto indiferenciado, junto a una estructura social fuertemente inequitativa.


Revista Fide, Coyuntura y Desarrollo nº 371, 22 de octubre de 2016.

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