Contexto histórico: mutaciones en la esfera productiva global

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En la actualidad el mundo de la producción constituye un sistema complejo de redes multinacionales de apro-visionamiento que, utilizando las nuevas tecnologías de información, comunicación y transporte, generan modelos de negocios con un nivel creciente de actividad productiva y financiera transfronteriza.

La internacionalización de la producción —en manos de las empresas multinacionales y sus cadenas globales de valor— modificó el mapa de las corrientes de bienes y servicios entre países; la circulación del capital productivo y financiero generó cambios relevantes en la cantidad, la calidad y la localización del empleo. Esta transformación, a su vez, tuvo impactos sustanciales en la distribución internacional y nacional del ingreso.

El cambio de paradigma que supone la deslocalización productiva no habría sido posible sin una serie de factores que se sucedieron a partir de fines de la década del ´60 y transformaron el sistema económico y social mundial. Entre los factores que se producen a nivel global en los últimos cuarenta años se encuentran: la reducción de la tasa de ganancia y la búsqueda de nuevas formas de producción para revitalizarla; el colapso del sistema de tipos de cambios fijos establecido en Bretton Woods y su influencia en la tendencia a la desregulación financiera internacional; el desarrollo tecnológico creciente; el aumento (duplicación) de la fuerza de trabajo mundial, producto del ingreso al mercado de los países en desarrollo (en particular, India y China) y la caída del bloque soviético.

La crisis del modelo de acumulación de la postguerra se manifiesta en una  ralentización de la tasa de ganancia, a partir de la cual el capital acelera la búsqueda de nuevos productos y procesos que puedan revitalizar su rentabilidad. En los inicios de los años ´70 se observan las primeras manifestaciones del cambio tecnológico —que más tarde se conocería como la 4ta Revolución Industrial— que supuso una transformación radical en los sistemas de información, comunicación y transporte, que posteriormente haría posible la deslocalización de los procesos productivos y la conformación de las cadenas globales de valor.

Concomitantemente, se produce el quiebre del sistema de Bretton Woods, que había logrado durante casi treinta años mantener una notable estabilidad en las cotizaciones de las monedas, basada en controles estrictos sobre los flujos de capital entre países y regulaciones sobre los mercados financieros nacionales. El establecimiento de esquemas de tipo de cambio flexible tendió a consolidar el papel hegemónico del dólar estadounidense en su rol de cuasi moneda global, a la vez que transfirió el riesgo de las fluctuaciones cambiarias, que hasta entonces soportaban los estados nacionales, al sector privado.

Esta suerte de “privatización del riesgo” tuvo como consecuencia un estímulo a la movilidad internacional del capital, necesaria para instrumentar la creciente demanda de operaciones de cobertura cambiaria1. El capital privado, en particular las empresas multinacionales, reclama a partir de ese momento la liberalización del movimiento transfronterizo de capitales y la desregulación de los mercados financieros, para desarrollar un conjunto de instrumentos financieros que le permitan cubrir el riesgo de las fluctuaciones entre monedas, un riesgo que cobraba una gravitación creciente no solo por la proliferación de regímenes de tipo de cambio flexible, sino por la intensificación de los flujos de fondos asociada a la conformación de las cadenas globales de valor. Este cambio representa un punto de inflexión para la economía mundial y la puesta en marcha de un período diferente que trajo aparejado, en todos los países, un peso creciente de las finanzas2.

En lo que a la esfera financiera se refiere, no se trató solo del relajamiento de los controles y restricciones al ingreso y egreso de flujos financieros entre países —situación que también se verificó y que constituyó uno de los puntos centrales de la agenda neoliberal—. Sobre todo, el proceso ha generado una dominancia creciente de la lógica financiera por sobre el funcionamiento de la economía real.

La creciente valorización del capital en la esfera finan-ciera—crear dinero del dinero—se reflejó en una progresiva autonomía del negocio financiero de la suerte de la economía real. En 1980 el total de activos financieros que circulaban por el mundo era equivalente al PIB mundial, diez años después esa relación se había duplicado a favor del acervo financiero. Actualmente  los activos financieros prácticamente cuadriplican al PIB global, y si se le suman los derivados financieros, la relación asciende a más de doce veces.

En un mundo financiarizado, sin embargo, la producción y las finanzas se presentan como un mismo fenómeno, indivisible y canalizado a través de los mismos agentes, con un poder de transformación significativo sobre el funcionamiento de las empresas no financieras, los gobiernos, los bancos y las familias.

En el nuevo contexto tecnológico y de desregulación comercial y financiera cambia la operatoria de las principales empresas multinacionales. Éstas tienden a mudar un espectro creciente de actividades productivas a países periféricos, que ofrecen un menor costo laboral (típicamente asiáticos, aunque también los países de Europa oriental en el caso de Alemania, o de México en el de Estados Unidos), preservando las actividades estratégicas (como las de investigación y desarrollo) en los países centrales. Este cambio de paradigma no habría sido posible sin la emergencia de un auténtico “ejército industrial de reserva”, producto de la integración de China, India y Rusia (sumados a otros países del ex bloque soviético) al mercado global.

En pocos años, la incorporación de estos países implicó un aumento muy importante en el tamaño de los mercados de bienes y servicios pero, fundamentalmente, generó una duplicación de la oferta de mano de obra mundial3. Esta transformación habilitó a las grandes empresas multinacionales a contratar trabajadores a cambio de salarios significativamente más bajos, con estándares laborales menores, al tiempo que les permitió operar bajo regímenes impositivos y regulaciones ambientales significativamente menos exigentes. En forma paralela, la caída del bloque soviético implicó una disminución en la importancia geopolítica de impulsar políticas que promovieran y expandieran el “Estado de bienestar”.

Al mismo tiempo, se instala y se propaga con fuerza un conjunto de ideas de corte neoliberal sobre el funcionamiento de la economía y las relaciones sociales, que en el mundo desarrollado cobrarían forma en los años ochenta bajo los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher en Estados Unidos y Gran Bretaña y en los noventa se conocería como el Consenso de Washington. Esta visión de la economía y la sociedad, que intenta restablecer el rol del mercado como eje articulador de la organización social y justificar la legitimidad de las inequidades resultantes, se establece como la agenda estandarizada de la política pública, en particular en el caso del mundo en desarrollo, como consecuencia de la presión creciente de los mercados y de las instituciones multilaterales (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Organización Mundial de Comercio, etc.).

En rigor, la versión más agresiva de agenda neoliberal se planteó a los países en desarrollo. Comenzó con los experimentos neoliberales del Cono Sur y se consumó en la década de los noventa bajo el ya mencionado Consenso de Washington. Los argumentos que hegemonizaron el discurso vinculaban la integración a los mercados internacionales y la desregulación con el crecimiento económico4.

El cambio operado en la circulación global del capital (productivo y financiero) supuso una notable disminución de la pobreza (como consecuencia de la “asalarización” del Sur), fundamentalmente por las transformaciones experimentadas por China y Asia. Pero este fenómeno de incorporación de mano de obra al proceso productivo global tuvo a su vez un efecto disciplinador sobre los trabajadores de los países centrales que se tradujo en una caída en la participación de los salarios en el ingreso y el debilitamiento de las organizaciones de trabajadores en la defensa de sus derechos.

Durante este período se consolidó el poderío de una porción minoritaria de población mundial (conocida en la literatura como el 1%, que incluye también al 1% más rico de los trabajadores constituido fundamentalmente por los gerentes y administradores de las grandes empresas y los bancos globales) que tiende a acumular una porción significativa y creciente del ingreso total. En paralelo, la financiarización produce un nivel ascendente de endeudamiento de las familias como forma de compensar la caída en los ingresos del trabajo.

El panorama que se ha ido conformando en las últimas cuatro décadas de desarrollo capitalista puede ser descripto como una carrera descendente que ha generado niveles crecientes de malestar en la población. En este contexto se inscriben los miedos de los individuos: a perder el trabajo, a los robots, a los inmigrantes, a la bancarrota (por el endeudamiento familiar creciente) y al quiebre de la movilidad social ascendente (de la expectativa que los hijos tengan un mejor pasar que sus padres). El nuevo espíritu del capitalismo deja a la mayoría de la población mundial expuesta e indefensa frente a estos desafíos: el malestar y el desamparo se acrecientan bajo la forma de un fracaso que se pretende individual, en un escenario de aparente opulencia asociado al éxito televisado del 1% más rico de la población mundial.


2) En esos mismos años arrecian las críticas contra la famosa Glass Steagall Act (la Ley de Bancos de los EE.UU.), que fue sancionada en 1933 con el objeto de introducir —luego de la crisis del ´30— una serie de reformas destinadas a controlar la especulación, entre ellas el establecimiento de una separación estricta entre la banca de depósito y la banca de inversión. Se trata de una crítica central para el funcionamiento de la economía norteamericana —que más tarde tendrá implicaciones globales— a través de la expansión, que se produce a partir de los años ´80, de los grandes bancos globales. Estos bancos se conocen en la literatura económica como instituciones financieras grandes y complejas (Large and Complex Financial Institutions–LCFI), y su actividad ha tenido implicancias macroeconómicas crecientes, como bien pudo observarse durante la crisis financiera originada en los EE.UU. en 2007 con las hipotecas. De hecho, la Glass Steagall Act fue derogada para fines de 1999 en el contexto de la constitución del Citigroup.

3) El ingreso de estos tres países al proceso de integración económica supuso para el mercado de trabajo global pasar de 1.460 millones de trabajadores a 2.930 millones en pocos años. Algunos autores se refirieron a este proceso como la “gran duplicación”. Ver: “The Great Doubling: The challenge of the new global labor market”, Richard Freeman, agosto 2006. Otros autores hablan de una cuadruplicación de la cantidad de trabajadores disponibles porque agregan el efecto de las migraciones internas (del campo a la ciudad) en las economías más grandes del mundo en desarrollo (China, India y en el ex bloque soviético).

4) Para una descripción más detallada de los argumentos en favor de la liberalización de la cuenta capital y en su detrimento ver: “Regulación de la cuenta capital en un mundo financieramente complejo. Evolución reciente y perspectivas en América Latina” de Diego Bastourre y Nicolás Zeolla, Serie Estudios y Perspectivas, CEPAL, enero 2017.

Continúa

Las manifestaciones de la financiarización: malestar y desamparo

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