Revista FIDE n°421

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Gobierna el mercado y reina lo financiero

 

La cancelación del pago por 4.300 millones de dólares a los bonistas privados realizada en los primeros días de enero retroalimentó el proceso de carry trade que, gracias al influjo de dólares del blanqueo, permitió en 2024 sostener la estabilidad cambiaria en un contexto objetivo de restricción externa. Ciertamente no habrían alcanzado esos dólares financieros si, en una muestra más del pragmatismo que lo caracteriza, el Gobierno no hubiera optado por sostener un férreo control de cambios.

A nadie escapa que el hueco de financiamiento externo que el ingreso de argendólares permitió cubrir el año pasado, necesita de un relevo en 2025. No solo restan vencimientos por unos 13.400 millones de dólares, sino que la cuenta corriente de bienes y servicios, superavitaria en unos 14 mil millones en 2024, se proyecta negativa en más de 12 mil millones para el corriente año. Solamente la aparición de nuevas fuentes de fondeo permitiría sortear la evidente tensión que existe entre los mecanismos utilizados para sostener el incentivo al carry trade y la dinámica de los desequilibrios externos asociados a la actividad real.

Un mayor endeudamiento en dólares del sector privado, nuevos recortes en el riesgo país que habiliten el regreso a los mercados de deuda soberana o una eventual negociación blanda con el FMI que suponga algún fondo fresco son opciones que no pueden descartarse. La aparición de esos flujos es condición necesaria para que el Gobierno logre transitar el año sin resignar los pilares de su estrategia antiinflacionaria y de valorización financiera asentada en la apreciación del peso, la apertura importadora y el uso de reservas para mantener las brechas cambiarias bajo control. Condición necesaria pero no suficiente, en el marco de una economía mundial que muestra más incertidumbres que certezas y señales de agudización de ciertas tendencias poco favorables para el desempeño de las economías en desarrollo.

Las contracaras del modelo vigente no son novedosas para la historia económica argentina, atravesada por sucesivos experimentos neoliberales. Desindustrialización, endeudamiento, destrucción de empleos de calidad y auge de la precarización y el cuentapropismo, mayor desigualdad son, entre otros, algunos de los rasgos que volverán a caracterizar el devenir socioeconómico de la era Milei.

Tampoco es novedosa la tolerancia que una parte importante de la sociedad exhibe frente al ajuste y al deterioro en sus condiciones de vida. La baja de la inflación y la tranquilidad del dólar gravitan mucho, pero no deberían subestimarse los indicios de que el caudal de apoyo sedimenta también en cuestiones que trascienden la valorada estabilidad.

La ausencia de opciones políticas que convoquen a un mejor porvenir es quizás lo distintivo de esta etapa, reflejada en la incapacidad de la oposición, fragmentada, sin liderazgos y encerrada en disputas internas. La ausencia de capacidad crítica para revisar marcos de análisis, muchos de los cuales han quedado viejos o no contemplan o subestiman los cambios sociales y económicos ocurridos tanto a escala global como en nuestro país, es otro rasgo del virtual desierto de ideas por el que transita el movimiento nacional. Esa construcción sigue siendo el principal desafío frente a un Gobierno que, como sintetiza Carlos Tomada en el enriquecedor diálogo mantenido con FIDE, tiene como objetivo real “redefinir la matriz socioproductiva de la Argentina¨.

 

 

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