Revista FIDE n°417
El “modelo Milei” en su laberinto
No le está siendo sencillo al flamante Gobierno fijar el terreno para dar los siguientes pasos de su agenda económica. Sin el acceso de financiamiento externo en los montos requeridos para fortalecer las reservas internacionales, la recesión se transforma en el mal necesario para mantener disciplinada la inflación y sostener una pauta devaluatoria que no favorece la competitividad exportadora. La cristalización de la pérdida acumulada por el salario real en un contexto de ampliación del desempleo constituye, una vez más, el mecanismo ortodoxo para que la caída en la demanda sea el principal instrumento antiinflacionario.
La anunciada reactivación en V se esfuma, al igual que la promesa de levantar el “cepo” y unificar el mercado de cambios. Ambas decisiones chocan con el mismo problema: no hay dólares suficientes para enfrentar un aumento en la demanda de importaciones si vuelve el crecimiento, ni tampoco para satisfacer los requerimientos pendientes de divisas del sector privado. Esto, sin considerar una aceleración de la formación de activos externos con fines de atesoramiento. Es cierto que el BCRA ha reducido sensiblemente sus pasivos remunerados, pero lo es también que lo logró a cambio de trasladar esa deuda al Tesoro, parte de ella con vencimientos de corto plazo.
Ni el “ajuste más grande de la historia” como reivindica el Gobierno, ni la desregulación de mercados promovida a través de un DNU que a pesar de su naturaleza inconstitucional continúa vigente, ni el alineamiento unilateral con Estados Unidos han sido suficientes para obtener el favor de los mercados internacionales o del FMI para garantizar el influjo de financiamiento que precisa el “modelo Milei” para sostenerse en el tiempo. Cierto es que las condiciones internas e internacionales no son las más favorables para esquemas descendientes del fondeo externo. En efecto, el riesgo país y el coeficiente de deuda/PIB se encuentran en niveles históricamente elevados, en un escenario global de altas tasas de interés y menor liquidez. No cabe sorprenderse entonces frente al hecho de que en los primeros meses del año la cuenta financiera externa de la economía argentina arrojara signo negativo debido a que el pago de servicios de la deuda superó con creces el ingreso de financiamiento de organismos internacionales, de capitales financieros de corto plazo o de inversión de riesgo. La acumulación de reservas fue posible, esencialmente, gracias a la reducción de las importaciones –producto de la recesión– y a la postergación en el pago de las mismas.
El Gobierno apuesta a que la aprobación de la ley Bases, aún con modificaciones, le otorgue un nuevo plafond para exhibir frente a “los mercados” la viabilidad de su agenda de reformas libertarias. Es sin duda un aliciente atractivo. La dimensión de los cambios institucionales, de reglas de juego y de facultades discrecionales al Poder Ejecutivo que permitiría materializar ese proyecto legislativo garantiza una reedición de la lógica más extrema del libre mercado, desmantelamiento de capacidades industriales y tecnológicas, extractivismo y regresividad en la distribución del ingreso. La oposición, mientras tanto, continúa exhibiendo un enorme vacío a la hora de unificar una propuesta capaz de resistir estos avances y consensuar los lineamientos básicos para construir una opción viable y consistente de desarrollo inclusivo. La esperanza, en este contexto, sigue acaparada por el presidente.
